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Buenos días, estimados lectores. Esta columna agradece la presencia de los batidores que nos ayudan en la cacería de gazapos y hacen más fácil nuestra tarea. Comencemos nuestra actividad cinegética.

ACEFALITIS. El licenciado Aldrin Briceño Conrado nos remite una información dudosa: “En la sesión los diputados retomaron el proceso para designar a la comisionada del INAIP, cargo acéfalo desde hace más de un mes”. Dice nuestro nuevo batidor: “El  cargo de comisionada  no queda acéfalo; el que puede quedar acéfalo es el cuerpo colegiado”.

Tiene razón don Aldrin. Según la Enciclopedia Jurídica de Marcial Pons, en una de sus acepciones la voz “acéfalo” se aplica” al Estado, a la sociedad, asociación, partido, tribunal, comunidad, etc., que por cualquier causa carece de la persona que la rige o gobierna”.

Es decir, “acéfalo” se refiere a una comunidad o un cuerpo colegiado, pero no a una de las personas que los integran.

Un buen disparo con la honda derriba al gazapo acéfalo y lo guardamos en la talega.

CANAS EN EL ROSTRO. El batidor incógnito hace su aparición y con destreza hace llegar hacia la resortera la nota de un periódico del patio: “En una de las fotos Salma (Hayek) presume sus curvas en un ajustado vestido amarillo; en otra muestra un acercamiento de su rostro en el que se pueden observar algunas canas”. Nuestro batidor nos señala: “Pobre Salma, tiene canas en el rostro. ¿Será la mujer barbuda?”.

Un descuido o inadvertencia del redactor ha propiciado este gazapo, pues, en la foto que adorna el periódico, nuestra guapísima paisana no parece tener pelos en la cara, sino en el cráneo, en el que se ven unos incipientes cabellos blancos.

Empuñamos el arma y, tras una buena pedrada, resguardamos otro gazapo en el morral.

MUY PÉSIMAS CONDICIONES. El Ing. Luis Hoyos Schlamme envía a esta columna una información de la prensa local. Ahí se dice que el alcalde de un municipio muy cercano a Mérida lamentó que el Congreso del Estado no le autorizara el préstamo que solicitó para solucionar problemas en el alumbrado público y el sistema de agua potable y, más importante aún, “la construcción de calles que se encuentran en muy pésimas condiciones”.

Acertadamente comenta don Luis: “El superlativo del adjetivo malo es pésimo. Por lo tanto, no puede haber algo muy pésimo, como señala la nota”. No queda más que empuñar el arma, enviar con fuerza el pedrusco y cae el gazapo. El sabucán lo guarda celosamente y damos fin a la cacería.

Gracias nuevamente a nuestros amables batidores.

Hasta el próximo tirahulazo.