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En el llamado deporte-ciencia, existe el sistema de puntuación ELO para calcular la habilidad relativa de los jugadores de deportes mentales como el ajedrez. Este método se basa en una metodología matemática apuntalada en el cálculo estadístico, con el cual a partir de dos mil puntos uno puede ser considerado un gran maestro. Debe su nombre al profesor húngaro Árpád Élő, y se dice que el legendario Bobby Fisher tenía un ELO de 2760 de un máximo de tres mil. ¿Pero cómo medimos a las demás personas que ejercitan su cerebro y no su cuerpo?

Más allá del coeficiente intelectual, cuya media es 100, y que arriba de dicha cifra se puede considerar sobresaliente y brillante, lo cierto es que estas pruebas estandarizadas de inteligencia no lo dicen todo, y dependiendo el tipo de examen, pueden ser muy subjetivas. Suponiendo que uno estuviera por encima del promedio, tampoco se garantiza que dicha inteligencia se aplique para logros excepcionales. Es decir que, aun siendo geniales, hay personas que no ejercitan o ponen en práctica el genio humano.

Mientras que un cuerpo de gimnasio es fácilmente discernible a simple vista, en el caso de los cerebros resulta harto complejo saber cuál está “en forma”. Pocas personas dedican tiempo a reflexionar en torno a estas disquisiciones, sobre todo en un mundo obsesionado por la imagen y la superficialidad que esto conlleva. Se ha vuelto común presumir los cuerpos esculturales, que ya a nadie sorprende ver a tantas personas exhibir sus habilidades atléticas.

Lo cierto es que, más allá de los beneficios para la salud, no existe un equilibrio entre la cultura “fitness” y la adquisición de la “alta cultura”. ¿En qué momento nos alejamos del ideal griego que forjó a la cultura occidental? Dentro de su cosmovisión, uno de los valores más altos era el de la educación (paideia). En este modelo de formación se enseñaba por igual la gimnasia que la gramática, o matemáticas a la par de la filosofía, todo con el objetivo de desarrollar individuos con conocimientos integrales. En pocas palabras, se buscaba que las personas aquilataran de manera equitativa la mente y la corporeidad.

En cambio, hoy en día, con tantos corredores y deportistas que inundan las calles, los parques y las redes sociales, los atletas de la mente son cada vez más escasos, y en un país como el nuestro, casi se podría decir que están en peligro de extinción, pues vivimos en una sociedad donde no se privilegia la “mente fit”, y donde los esfuerzos intelectuales son poco menos que motivo de escarnio, ya que lamentablemente somos un pueblo donde prima lo espiritual y metafísico por encima de la ciencia y la educación. Ante este panorama, el atletismo mental ni siquiera se contempla, mucho menos existe en el vocabulario o en las intenciones del vulgo, obnubilados como lo están en lucir bien en detrimento de su capacidad de pensamiento, ignorando que la razón del éxito evolutivo de la especie humana siempre ha sido lo que tiene por encima de sus hombros…