Virus del bien

La gran mayoría, casi todos, sobrevivimos en el recuerdo de dos o tres generaciones a lo sumo. Si incursionamos en la vida pública, es posible que visiten nuestra tumba por décadas.

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En verano llueve vida; en el otoño, nostalgia. Las lluvias de noviembre son tristes, frías. Cuando caen, irremediablemente pienso en mi epitafio.

Este año de las Profecías Mayas, los días de los Fieles Difuntos registraron una baja afluencia de visitantes a los cementerios. Escuché de varios conocidos que ahora los yucatecos prefieren concurrir a las tumbas, osarios y nichos de quienes se nos adelantaron en el camino en otras fechas, para evitar el hacinamiento.

El hecho es que ayer dedicábamos los 30 días de este mes al recuerdo de los seres queridos, a la reflexión sobre nuestra existencia y la eternidad del alma. Hoy, adelantamos aguinaldos para transformar noviembre en un anticipo de las compras navideñas. Adelantamos la designación de los Reyes del Carnaval, para erigirlo en un exordio de la fiesta de la carne.

Mi negro plumaje desentona con la blancura de las palomas que me rodean. Para mí, noviembre es un mes perfecto para preguntar cuánto nos van a extrañar cuando termine nuestra vida terrenal.

La gran mayoría, casi todos, sobrevivimos en el recuerdo de dos o tres generaciones a lo sumo. Si incursionamos en la vida pública, es posible que visiten nuestra tumba por décadas.

Sólo un puñado de nombres, aquellos que fueron, son y serán un ejemplo de unidad en pensamiento, palabra y obra, logran la trascendencia universal.

Por muy grande que sea nuestro legado, tarde o temprano nuestro recuerdo desaparecerá. Luego entonces, como mayoría, tenemos la oportunidad de sembrar en familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo semillitas de amor que den frutos en el corazón de otros. Sólo así, como un virus del bien, podemos trascender.

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