22 de Junio de 2018

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Imperceptiblemente se ha arraigado en nuestra conciencia el nocaut a Quintana Roo en la defensa de su integridad territorial.

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Imperceptiblemente se ha arraigado en nuestra conciencia el nocaut a Quintana Roo en la defensa de su integridad territorial. Ha ganado Campeche y se apoderó de una insignificancia: 4 mil 800 kilómetros cuadrados. Para tener una idea más certera, el estado de Morelos posee 4 mil 879 kilómetros cuadrados, y la Ciudad de México mil 485.

Nuestra clase política y los comités prodefensa de los límites dejaron el tema por la paz, cargando al fulminado boxeador que despertará en el camastro todo dolorido y con una cruda moral insoportable, como si en un acto de locura hubiese vendido al hijo por un costal de papas.

El gobernador Mario Villanueva Madrid reaccionó a la altura del desafío a fines de 1996, pero no pudo evitar que su homólogo campechano Jorge Salomón Azar García creara el décimo municipio de Calakmul el 31 de diciembre, invadiendo nuestro patio.

Joaquín González Castro –Magistrado Presidente del Tribunal Superior de Justicia– participó de inmediato en la defensa de nuestro territorio, una misión de vida o muerte porque el desenlace podía ser la peor de las tragedias.

Pero la defensa magistral se fue debilitando, mientras Campeche mantenía su nivel de juego porque sus políticos comprendieron que su batalla no permitía distracciones y metidas de pata. Imaginen a Clavillazo enfrentando al Púas Olivares.

Cada mañana contemplo el mapa modificado que presenta Televisa en su noticiero para informarnos el estado del tiempo, y la pantalla es un humillante recordatorio de nuestra derrota. El Punto Put –dato para nuestros políticos: ahí coinciden los límites de Quintana Roo, Yucatán y Campeche– no desciende en línea recta, sino que se adentra en nuestro estado –los 4 mil 800 kilómetros cuadrados– y entrega la rebanada nuestra del pastel a Campeche.

Hombres de garra dieron la pelea en condiciones adversas, como Luis Ramón Villanueva García, apartado del liderazgo del Comité Pro defensa de los límites. Pero nuestra clase política se sumergió en la modorra, sin comprender que estaba en juego nuestra herencia más valiosa.

¿Qué sientes al vender al hijo primogénito en el mercado del productor? ¿Qué reacción domina a la mujer que entrega a su hija de 13 años a la regenteadora del burdel, a cambio de 30 monedas de plata? Algún día nuestra clase política sabrá lo que se siente.

 

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