23 de Junio de 2018

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Estados Unidos no sería nada si no fuera por los inmigrantes

La preocupación suele ser que la religión musulmana o la lengua española sirvan como una barrera que mantenga a las personas provenientes del Oriente Medio o de Latinoamérica separadas del resto de la población estadounidense...

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Hoy comparto con ustedes la primera parte de un extraordinario artículo escrito por Noah Smith, columnista de Bloomberg View:

Fue la inmigración masiva lo que le dio al país el poder de ganar las dos guerras mundiales y la Guerra Fría, y alcanzar el tamaño de mercado que lo convirtió en la potencia manufacturera dominante de fines del siglo XIX y el siglo XX. El genio de los fundadores de la nación fue reconocer que la inmigración no era inherentemente peligrosa.

Desecharon las nociones más restrictivas del nacionalismo basado en la raza y la religión que prevalecían en Europa, y apostaron fuerte a la capacidad de pueblos diversos de unirse en uno solo.

George Washington, atendiendo a los temores de aquellos a quienes les preocupaba que los grupos de inmigrantes no lograran forjar una nación única y cohesiva, sintetizó su audaz tesis en 1794: Al entremezclarse con nuestra gente, o sus descendientes, (los inmigrantes) asimilan nuestras costumbres, medidas y leyes: en suma, pronto se convierten en un único pueblo.

Hasta ahora, la apuesta de Washington dio frutos espectaculares: Estados Unidos mantuvo la cohesión y avanzó superando a rivales como Rusia, Alemania y Japón, países que definían su nacionalidad por la sangre y el suelo. Pero el proceso no siempre fue suave. Varias veces, Estados Unidos fue presa de espasmos o ansiedad preguntándose si las oleadas más recientes de inmigrantes se integrarían a la población existente.

El movimiento “Know-Nothing” de mediados de la década de 1800 se basó en la premisa de que los inmigrantes católicos envenenarían la cultura estadounidense con influencia papal. Y en 1924, el miedo al terrorismo anarquista y la competencia laboral condujo a la Ley Johnson-Reed, que contribuyó a poner fin a la oleada de recién llegados de Italia y Europa del Este.

Un siglo más tarde, la ansiedad ha vuelto. Aunque la población estadounidense es en general favorable a la inmigración, una minoría sustancial está muy preocupada por el terrorismo islámico y la competencia en los empleos y salarios. Y esa minoría incluye a la gente que tiene las riendas del poder en el gobierno de Donald Trump.

El propio mandatario expresó esa inquietud en un discurso reciente ante la Conferencia de Acción Política Conservadora: Echemos una mirada a lo que sucede en Suecia o en Alemania, a lo que sucedió en Francia –en Niza o en París. Los líderes e intelectuales conservadores también han expresado sus dudas sobre la capacidad de asimilación de los inmigrantes.

La preocupación suele ser que la religión musulmana o la lengua española sirvan como una barrera que mantenga a las personas provenientes del Oriente Medio o de Latinoamérica separadas del resto de la población estadounidense, y esto conduzca a conflictos y violencia sociales. La izquierda suele descartar esos temores como racistas.

Pero las preocupaciones son comprensibles. Si los inmigrantes no se fusionan con la población estadounidense en general, la apuesta de los fundadores de la nación finalmente fracasará tras siglos de éxito.

Preguntarse si los nuevos inmigrantes se integrarán –una mejor palabra que “asimilarán” porque enfatiza que la cultura nacida localmente también cambia cuando llegan los inmigrantes– no es algo trivial o racista. En realidad, es esencial para el futuro del país, ya que la economía estadounidense necesita de los inmigrantes para mantenerse a flote.

Por fortuna, la evidencia apunta a lo opuesto: a pesar de los temores de la derecha, los recién llegados se están integrando muy bien. Buena parte de la evidencia se sintetiza en un reciente informe de la Academia Nacional de Ciencias titulado “La integración de los inmigrantes en la sociedad estadounidense”.

La mayor buena noticia es que el inglés está manteniendo su lugar como la lengua universal de la nación. Ni los programas de educación bilingüe ni la opción del español en los menús telefónicos han impedido que los descendientes de inmigrantes hispánicos descarten su lengua ancestral. El Pew Research Center ofrece este dato de 2013: Para la tercera generación, la cantidad de hispanos que hablan principalmente español se reduce a un error de redondeo. La segunda buena noticia es la alta tasa de matrimonios intercomunitarios.

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