Cancún: delincuencia y mala fe obligarían a cerrar el “Comedor de Dios”

Vándalos roban a la gente que se forma para poder comer; otros escupen a los voluntarios porque no les gusta la comida.

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(Paola Chiomante)
(Paola Chiomante)

Las frecuentes amenazas con cuchillo al personal del “Comedor de Dios” ubicado en las inmediaciones de El Crucero en Cancún, así como la extorsión y asalto a quienes se forman para solicitar comida, ponen en riesgo la continuidad del proyecto.

Ricardo Villalba, líder del proyecto, expuso que se han presentado diversos incidentes con gente que llega en estado de ebriedad o bajo la influencia de las drogas, situación que ponen en riesgo tanto a las personas que atienden el comedor como a los que asisten.

Los percances van desde amenazas con objetos filosos hasta escupir en la cara de los voluntarios cuando la comida no les agrada.

Villalba ha insistido desde hace meses en la necesidad de una patrulla para vigilar el área.

“Uno a la autoridad no le pide nada, ni dinero ni nada, solo que nos apoyen con lo que les toca, la seguridad. Si ya saben que diario se da de desayunar y comer, pues mandar una patrulla 15 minutos antes. Son más de 300 personas”, dijo.

Aseguró que por los actos delictivos ocurridos en la fila del comedor muchas personas con necesidad han dejado de acudir.

“Venía mucha gente que trabaja en los semáforos y ya no. Me los encuentro y les dijo ‘oye ¿por qué ya no vas?’ y me responden ‘no, jefe, es que pues nos quitan ahí lo poquito que ganamos y mejor ya no vamos’, entonces pues ya la ayuda no llega a quienes verdaderamente lo necesitan”, sostuvo.

Otro de los problemas es que cada vez llegan menos insumos. Este lunes el comedor tenía suficientes insumos para preparar arroz y frijoles, pero no carne, ni tortillas ni agua. Eso genera molestia en algunos de los asistentes.

“El otro día una mujer en estado de ebriedad empezó a escupir la comida y a mí me escupió en la cara”, contó.

Ricardo Villalba tenía planes de volver el comedor un centro comunitario, para impartir talleres a las personas, además de brindar alimentos. Pero este lunes ni siquiera tenía claro si podría continuar con el sueño al que le ha invertido todo su patrimonio familiar.

“Ahorita siento que la cabeza me va a explotar, ya no sé qué hacer”, cuenta con notable desesperación.

 

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