21 de Octubre de 2018

Quintana Roo

"Ahora los pandilleros no tienen respeto por nadie”

En los años 90 los integrantes de bandas sabían que mujeres, niños y personas de la tercera edad eran intocables.

Los integrantes de las pandillas se reúnen en parques. (Tomás Álvarez/SIPSE)
Los integrantes de las pandillas se reúnen en parques. (Tomás Álvarez/SIPSE)
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Oskar Mijangos/SIPSE
CANCÚN, Q. Roo.- Una mujer, un niño o una persona de la tercera edad no tenían que temer hace 20 años al encontrarse a una pandilla en las calles de la ciudad, ya que estos respetaban a todos ellos, pero ahora, están en la lista de víctimas.

Una regla de respeto 

Francisco Sánchez Romano, padre de familia, perteneció a una de las pandillas que se desenvolvía entre la Región 94 y la Supermanzana 58, ingresó a los 14 años de edad y se mantuvo en ella hasta los 22, conoció a su esposa a los 20, y dos años de amor bastaron para que abandonara ese mundo.

Lo ideal es que durante el tiempo que los padres no están, el menor se encuentre practicando alguna actividad deportiva o didáctica.

Recuerda que en su tiempo, en los 90, no había un reglamento como tal pero todos los integrantes de la pandilla sabían que mujeres, niños y personas de la tercera edad eran intocables. “Una señora es como pegarle o robarle a tu mama, los niños no tienen culpa de nada y bueno, las personas de la tercera edad no se pueden defender, si asaltábamos a alguien era generalmente algún joven que se viera mayor de edad, ahora, los pandilleros no tienen respeto por nadie”.

Sobre el porqué ingresó a una pandilla comenta: “Sólo quería alguien con quien conversar, jugar fútbol y pasar el rato, mis papas trabajaban y después de la escuela pasaba varías horas solo, y poco a poco conocí a estos ‘amigos’ y cuando me di cuenta, ya era parte de la banda”.

El psicólogo, Roberto Peyerano Montiel, señaló que una ciudad como Cancún posee los elementos para el nacimiento inherente de pandillas. Una de las razones principales para formar parte de una, es buscar un sentido de pertenencia, y en una ciudad de carácter turístico, donde los horarios de trabajo no son fijos y donde más de un padre de familia tiene que laborar, da nacimiento a este fenómeno social.

Lo ideal, aunque represente un gasto, es que durante el tiempo que los padres no están, el menor se encuentre practicando alguna actividad deportiva o didáctica, lo cual se puede lograr pagando algún curso.

Buscan en las pandillas un lazo de amistad 

Carlos, quien omitió sus apellidos por temor a tener problemas en casa, vive en una de las supermanzanas aledañas a la Gran Plaza, en su caso, sus padres trabajan y el se queda solo en casa por varias horas, al principio invitaba a sus amigos a jugar videojuegos a su casa, pero con el tiempo, cambió su habitación por el parque de la colonia.

“A veces fumamos otras veces tomamos un poco de cerveza o alcohol, nada grave; cuando nos quedamos sin dinero no asaltamos, pero bueno, si molestamos un poco a alguien que nos encontremos en la calle y le pedimos nos de por lo menos unos 10 pesos y así, hasta que juntamos para una botella”.

No hay calor de hogar 

Peyerano Montiel considera que la evolución de las pandillas se ha dado por el abandono “sentimental” que sufren en sus hogares, hace algunos años a pesar de la ausencia, las horas de convivencia se convertían en actividades familiares, dando a los jóvenes una imagen de madres, padres, hermanos y abuelos que veían reflejadas en sus posibles víctimas.

Ahora, las horas que los padres pasan en casa las usan para descansar o resolver pendientes del trabajo, lo que elimina toda figura sentimental de los jóvenes que desahogan esas frustraciones en los transeúntes que poco a poco se convierten en sus víctimas.

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