21 de Octubre de 2018

Opinión QRoo

Sangre nueva del PRI

Gracias a Borge, el priismo quintanarroense es ahora expuesto con toda su putrefacción ante los ojos de México y el mundo.

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La esperada devolución del exgobernador priista Roberto Borge Angulo fue seguida minuto a minuto por medio Quintana Roo, reactivando los deseos de justicia y escarmiento por los difundidos males cometidos en su administración y que serán expuestos en los pasillos de la justicia con todos sus laberintos y salidas de emergencia.

Gracias a Borge, el priismo quintanarroense es ahora expuesto con toda su putrefacción ante los ojos de México y el mundo, exhibiendo los excesos de una mal llamada clase política que convirtió en un fin el disfrute y aprovechamiento del poder. Porque Roberto Borge no estuvo solo en su banquete presupuestal.

Hay un trágico paralelismo en los destinos de Beto Borge y su par veracruzano Javier Duarte de Ochoa, ambos presumidos por Enrique Peña Nieto – entonces candidato presidencial– como esa sangre nueva que daría un rostro purificado al PRI para reconquistar la confianza de millones de mexicanos.

Borge y Duarte dejaron en ridículo a Peña Nieto, quien no pudo encontrar peores ejemplos para presumir una depuración del Tricolor que con el rostro raspado defenderá este primero de julio la Presidencia y algunas gubernaturas, incluidas diputaciones federales y senadurías.

El llamativo espectáculo del arribo de nuestro ex gobernador fue irresistible y seguido muy de cerca en todas las plataformas de comunicación instantánea y medios tradicionales, por las dimensiones del villano favorito cuyo blindaje preparado contra reloj en la anterior Legislatura fue destruido en cuestión de meses, comenzando por la renuncia del Fiscal General Carlos Arturo Alvarez Escalera.

Roberto Borge pasó su primera noche en un centro penitenciario de la Ciudad de México, iniciando la nueva etapa de su suplicio que debe culminar con la mejor manifestación de la justicia, dando además una lección a los políticos de todos los partidos que lleguen decididos a servirse del poder, convirtiéndolo en el mejor de los negocios para ellos y su pandilla.

En el ocaso de su mandato, el Presidente Enrique Peña Nieto estará contemplando la caída del segundo gobernador que presumió como un hermano mayor, tan hinchado de orgullo en su campaña. Su nueva generación de gobernadores acabó en la cárcel, satanizada por todo México.

Con Borge y el veracruzano Duarte se demuestra dolorosamente que las carreras políticas no deben ser precipitadas, ya que se despeja el camino a emperadores romanos que enloquecen en las alturas, ebrios de un poder sin contrapesos. 

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