El estupor de las encuestas

No hay balbuceos que valgan, ni apodos de “canallín”, ni preguntas sin contestar...

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No hay balbuceos que valgan, ni apodos de “canallín”, ni preguntas sin contestar, ni vacilaciones o imprecisiones que cada día veo salir de la boca de Andrés Manuel López, su tendencia es imparable. No quiero ser portador de la verdad absoluta pero cada vez que lo escucho o veo escándalos como los de la candidata al Senado por Morena Nestora Salgado con acusaciones claras de secuestro y fraude, no me queda más que exclamar: “¡Ahora sí que se van a despertar del letargo!”. Pero luego sigue el estupor de ver que sigue subiendo en las encuestas, y lo sigo escuchando y lo sigo viendo para descubrir desde mi aparente ceguera cuál es su secreto. Me intriga cómo es que se le escuche hablar de acabar con la corrupción rodeado de los corruptos más burdos que ha parido la ingrata madre política mexicana y ninguno de sus defensores hable de eso y le pase por encima a la página de la vorágine abrumadora de datos y de advertencias como si de una sosa página de sociales se tratase. Habla de mejorar la educación cuando avisa que dará marcha atrás a la reforma educativa que es una de las pocas cosas razonables y buenas que ha hecho el actual gobierno y nadie se inmuta, los periodistas le siguen haciendo preguntas insulsas (ya hasta con miedo, no son tontos, saben que hay que tenerle miedo) y hacen programas insípidos de visitas domésticas de tono campestre mientras el adulado se regodea en su nuevo papel de hacendado benevolente pero severo.

La sensación de suicidio nacional me abruma y me veo tambaleándome como un loco agorero por la calle avisando a todos del desastre que veo venir. Que ya lo he visto en la tierra que me vio nacer, de ver la gente abalanzándose al mar para huir de la desesperanza y de la dictadura.

He ahí el mayor miedo: La Dictadura. No ha habido un solo gobierno populista que no devenga en dictadura. Y me vuelvo a ver solo y con la imparable tristeza de ver lo inevitable ya. La negación y la rabia se me mezclan con la esperanza de estar equivocado, de dejarme llevar por la paranoia. ¿Me pregunto por qué a nosotros?

Y siento el mismo asombro o sorpresa que sienten los que participan en un catastrófico accidente cuando justo diez segundos antes jamás les pasó por la cabeza que algo así les fuera a pasar. Veo las páginas de la historia y está plagada de ejemplos de esto; de naciones emborrachadas en algún tipo de odio o de despecho lanzarse como amantes enceguecidas en los brazos de algún villano. Naciones bellas y llenas de gloria como Alemania, como Venezuela, Cuba, Cambodia, Rusia y a todas les viene la desazón, el aplastante fracaso y la tragedia de sacarse de encima la maldición de la dictadura.

Al lograrlo pasan los años, los pueblos maduran, se miran en el esmerilado espejo del pasado e invariablemente algún niño le pregunta a su padre: “Papá, ¿en serio tú votaste por ese tipo que balbuceaba con un dedo señalándote? ¿No te causaba risa en lugar de respeto?”.

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