20 de Noviembre de 2018

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El otro padre de la patria

Agustín de Iturbide, consumador del proceso que once años antes iniciara Miguel Hidalgo...

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Agustín de Iturbide, consumador del proceso que once años antes iniciara Miguel Hidalgo, es considerado el Padre de la Patria, el Libertador de México. Sin embargo, México decidió no sólo fusilar el 19 de julio de 1824 al consumador de su libertad: años después su desaparición del panteón de héroes nacionales consumaría el literal parricidio ocurrido en Padilla, ignorando incluso el 27 de septiembre de 1821.

 

Tras el triunfo de la República liberal a la caída del Primer Imperio, los mexicanos buscaron darle significado a la guerra de independencia, para lo cual incluso el primer día de marzo de 1822 una comisión de diputados determinó honrar a los defensores de la patria, en las que no se incluyó al Libertador. ¿Por qué ocurrió así? ¿Qué motivo a los mexicanos a deshonrar la figura del último caudillo?

 

Curiosamente, las razones carecen de objetividad para caer en el ámbito subjetivo de la interpretación. Iturbide, el Libertador, si bien fue un encarnizado contrincante de los insurgentes en Nueva España, era también un criollo que a la larga, se dio cuenta que el proceso de independencia no podía ser detenido: el sentimiento nacional de los mexicanos se había desarrollado lo suficiente para tomar conciencia de su individualidad, y por ende, de lo ajeno que resultaba la idea de regresar al redil de la monarquía católica, especialmente cuando esto afectaba sus intereses económicos y políticos: la élite criolla aceptó la emancipación porque no tenían de otra.

 

Iturbide y sus aliados no formaban parte de este imaginario fantástico que aún persiste en México, a pesar de que la historia que se enseña en las aulas y se celebra cada año, fue escrita, contada y adaptada bajo una visión maniquea y a “programada” para justificar históricamente al régimen político. Hidalgo, Morelos, Allende, Aldama, Ortiz, Galeana, Quintana Roo, Mina, Guerrero... todos ellos insurgentes por derecho propio, fueron impregnados por un aura divina que perdonó sus pecados y magnificó sus logros, siempre y cuando sirvieran al gobierno en turno, llámense liberales, republicanos, porfiristas o revolucionarios; ninguno de los cuales consideró prudente contar la historia de Iturbide y su pragmatismo político, alejado del simple y benevolente “amor a la patria”.

 

Sin embargo, el máximo error de Agustín de Iturbide no puede achacarse a un tercero, sino a sí mismo: dejarse llevar por el síndrome mesiánico -que no enteramente religioso- que aqueja a los mexicanos encumbrados. Iturbide no se conformó con haber unido a los bandos contrarios y consumar la independencia: se dejó guiar por la lisonja y se abrogó el papel de mesías al aceptar la corona del naciente imperio. Esto acabó con su imagen pública principalmente por dos situaciones: políticamente hablando, Iturbide no supo manejar las presiones; disolvió el congreso y se enemistó con los políticos, rompiendo así con la ilusión de una monarquía constitucional, alimentando los vientos republicanos.

 

El legado histórico de Agustín Iturbide a los mexicanos se torna casi invisible gracias, curiosamente, a la propia mexicanidad del libertador: su error de cálculo, no sabemos si por ambición -como dice la izquierda- o por ingenuidad -como dice la derecha-; lo llevó al paredón donde la patria mató a su padre.

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