15 de Noviembre de 2018

Quintana Roo

La vida de Óscar Enrique López Pool en el teatro

Ha realizado varios montajes, como El Mercader de Venecia.

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Alejandra Flores/SIPSE
CANCÚN, Q. Roo.- Óscar Enrique López Pool es actor, tramoyista, jefe de foro, dramaturgo, produce y dirige teatro desde hace más de 20 años, la suya es una trayectoria que retrata la historia de muchos otros teatristas en Cancún, pero también habla de la búsqueda de crecimiento, de la profesionalización del quehacer escénico y la dignidad del artista.

“Yo empecé a hacer teatro con el Patronato por los Jóvenes de Cancún, con Mónica Jiménez”, recuerda Óscar López, “era un taller donde se desarrollaban ejercicios teatrales y no como hacen hoy muchas escuelitas, que toman un taller para montar una obra y no llevan un entrenamiento teatral como tal, sino en función del montaje. Ese inicio me dio una manera diferente de ver la preparación actoral. Eran los tiempos en que el Patronato por los Jóvenes estaba en el gimnasio Cecilio Chi, y luego nos tocó inaugurar la Casa de la Cultura de Cancún, yo estaba aquí cuando vino Salinas de Gortari y todavía no tenía conciencia política y social, aún creíamos que venía a salvar a México. Estaba muy chavo, tenía 22 años, y fue cuando me integré a La Bambalina.

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En ese tiempo había mucho intercambio con Cuba, vino el grupo ‘Teatro de Dos Mundos’, con Salvador Lemis, y gente de Colombia, y varios países, porque se hicieron dos Festivales Internacionales de Teatro. Tomé todos los talleres que pude y participé como ayudante en todo lo que pude, como todos los jovencitos de entonces, jalar cables, cargar equipo”.

¿Cuándo te sumas a La Bambalina?

Desde esos festivales. Me integro primero como técnico y luego, ya muy cerca de Leonardo Kosta empiezo a escribir. Las pastorelas, por ejemplo, las hacíamos a cuatro manos, él hacía una escena y yo la siguiente, y así. Él fue mi maestro, me enseñó a leer y a escribir teatro. Con él aprendí que es más fácil escribir un cuento nuevo que terminar uno que empezaste. Él nos enseñó a Hirán y a mí a trabajar en y para el teatro, con él aprendimos muchas cosas técnicas, y aunque con la vida vas aprendiendo nuevas técnicas actorales, nuevas metodologías de dirección, a la larga te das cuenta que encontrarte a un hombre que te diga: “has teatro en donde sea, no te dediques a otra cosa que no sea al teatro”. 

Eso es tan importante como poner en tus manos un destino. Gracias a él no tengo problema alguno con cargar escenografía o barrer el escenario, hasta con lavar un baño si es en el teatro, aunque no lo haga ni por equivocación en mi casa. 

Lo primero que aprendí fue a armar y desarmar las luces en el Jardín Sor Juana, donde nos presentábamos, es algo que disfruto hacer y lo hago incluso con humor y una alegría final de satisfacción porque ese trabajo que no se ve, contribuye a la magia teatral. 

Ahora es distinto, porque en Mérida, donde radico, los técnicos de los teatros me ayudan y hasta me ven como parte de la banda, como su compañero. Puedo pasar 12 horas montando escenografía y luces sin problema, aunque sea el productor o el director de la obra, y eso lo aprendí de Leonardo Kosta y de Pilar Vega. 

Creo, incluso, que ellos me enseñaron a ser un mejor ser humano. Una vez Leonardo me dijo: “eres un tonto, un frívolo, no tienes conciencia social, no te importan los demás”. Me caló, así que con el trabajo diario me ocupé de cambiar eso y demostrar, que no era ni tonto, ni superficial. 

Hoy me gustaría que viera el teatro que hago, y que cada vez es más ese otro teatro que sólo entiendes con los años, ese teatro que va más allá de la diversión, la interacción y la risa, este teatro reflexivo que toca a profundidad temas como la identidad, la equidad, la violencia”.

¿También dramaturgo?

Empecé con las pastorelas, no recuerdo ni cuál fue la primera pero así comenzó. Lo que considero como mi primera vez seria y profesional en cuanto a dramaturgia es “Bienvenido a Cancún”, que escribí en 1998 gracias a una beca para jóvenes creadores y que se estrenó en 1999. Recuerdo que ningún director quiso dirigirme, era un iluso, así que la monté yo, producción y dirección. Duró 6 meses en cartelera con tres funciones cada fin de semana. Mucha gente vio esa obra.

¿La volverías a montar?

La volvería a escribir pero yo ya no la montaría. La reescribiría para hacerla una mejor obra pero, tengo una regla de oro: siempre para adelante. Soy de la idea de que no puedes casarte con una obra, hay que evolucionar. 

Para mí, las obras tienen fecha de caducidad, y creéme, hay obras que monté y me salieron muy bien, y otras que me salieron tan mal que ya quería que se acabara la temporada. 

Amé montajes como “La historia de la oca”, “El Mercader de Venecia”, una versión libre de “Titus Andronicus”, de Shakespeare, con la que dirigí la Compañía de Teatro de Yucatán, porque ¡ya dirigí la Compañía Estatal de Teatro de Yucatán! 

Hoy el teatro que busco y hago es para que te preguntes cosas, como niño y como papá;  he sentido la necesidad de contar historias que jalen de tu butaca y te hagan sentir de una forma más profunda, como “Lola y el rompecabezas”, que espero esté vigente por lo menos un par de años más.

¿Por qué te fuiste de Cancún?

Va a sonar un  poco soberbio pero, en ese punto de mi vida teatral ya había ido dos veces a la Muestra Nacional de Teatro, ya había montado “La Controversia de Valladolid”, que no me gustó como quedó, pero fue seleccionada por la Muestra Nacional. Sentía que yo era el más picudo de Quintana Roo y también sabía que era un tuerto en tierra de ciegos, sentía que si me quedaba en Cancún, no había manera de crecer para ningún lado. 

Decido irme a Mérida porque Francisco Solís me invita al programa de teatro escolar como actor en la obra “Bajo tierra”.  Antes de esa temporada me voy tres semanas a Pátzcuaro, a la Escuela de Actuación de Luis de Tavira, y así arranco mi salida de la ciudad: con un taller que me pone en otra perspectiva de vida y que me lleva a quemar mis naves y no regresar. 

Me fui para aprender, porque yo sabía que esa soberbia que sentía al estar en Cancún, me iba a perder. Tenía esa sensación que seguramente muchos tienen: ya no tengo nada que aprender aquí, y fue cierto, cuando llegué a Mérida todo el mundo era mejor que yo, porque en realidad yo nunca había hecho teatro profesional como se hace en Mérida, y con personas tan talentosas y generosas como Luis Manuel Aguilar Farias “El Mosco”, que me enseñó muchísimo.

¿Prefieres la independencia?

“Es muy difícil vivir desde la independencia pero sí se puede. Además soy de naturaleza rebelde. Una vez tuve una novia a la que amaba y a la que le tenía miedo. Sí, miedo, porque era la única que tenía poder y dominio sobre mí.

¿Hijos?

No tengo hijos y soy un soltero encantador. Cuando tenía como 25 años pensé que estaba en el momento de enamorarme y tener una familia, pero tomas decisiones: o tienes una familia o haces teatro. No puedes tener una familia y hacer teatro, en eso creo. 

Yo me dije, o hago teatro o hago niños y preferí hacer teatro; claro, esto me ha llevado a tener 43 años y no tener familia, pero siempre hay algún alma solitaria con quien encontrarte y también tengo a Satanás, que es mi perro y me quiere. 

Aclaro, no estoy negado, si en los próximos 20 años, que seguro es lo que me queda de vida aparece el matrimonio, encantado. Pero lo dudo, porque uno se acostumbra a estar solo y he perdido la capacidad de negociar con mis espacios.

Óscar López se encuentra en Cancún y es parte del staff de la obra de teatro “Sie7e”, de la Compañía Merlot Teatro que dirige Saúl Enríquez, y que forma parte del Programa Nacional de Teatro Escolar que vive en Cancún y Playa del Carmen la última parte de su temporada. 

Nacido en Mérida, hijo de un chofer de autobús de pasajeros y cuya madre costuraba guayaberas en una fábrica, su acercamiento al teatro fue a partir de los incentivos escolares: la Casa de la Cultura que quedaba al frente de su escuela les regalaba boletos y así inició, sin saberlo, su historia teatral.

“En mi familia a nadie le interesa el teatro”, nos dice, pero ha hecho una familia amplia, a veces extraña y disfuncional, pero entrañable en el teatro. 

Cuando tenía 22 años, Hirán y yo decidimos que no haríamos otra cosa sino teatro, y ahora que regreso a Cancún y me reencuentro con él, que tiene tantas ganas de hacer cosas diferentes, me da mucho gusto y me digo: cumplimos, hemos hecho del teatro nuestra vida toda, concluyó el director de la empresa La Fragua Producciones, con la que presta servicios de preproducción y producción escénica, y a partir de la cual enfrenta, día a día, el desafío de la independencia teatral.

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