23 de Octubre de 2018

Quintana Roo

“No puedo hacer nada, si una se va, a mí me matan”

Las víctimas de los tratantes de blancas pedían ayuda para escapar a la persona que las cuidaba.

Las mayoría de las víctimas no rebasan los 25 años de edad. (Tomás Álvarez/SIPSE)
Las mayoría de las víctimas no rebasan los 25 años de edad. (Tomás Álvarez/SIPSE)
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Oskar Mijangos/SIPSE
CACNÚN, Q. Roo.- “Édgar” mantenía su adicción a las drogas a cambio de cuidar a mujeres  obligadas a prostituirse, le dejaba dinero, pero un año después dijo que era mucho y lo dejó.

De 35 años de edad, se desempeñó un año como cuidador de un grupo de mujeres que eran obligadas a vender su cuerpo. La mayoría eran latinoamericanas, entre ellas mexicanas. 

Algunas “contratadas” en Cancún por medio de engaños, y llevadas hasta un pequeño departamento en la colonia Nativitas de la Delegación Benito Juárez, en el Distrito Federal.

“Édgar” se hizo de este empleo al tener un largo historial en el mundo de la droga como consumidor. Un amigo le presentó al amigo del dueño del departamento. La tarea era fácil, cuidar que las chicas no fuesen golpeadas en el rostro por los clientes y no permitir que alguna escape. 

Él llegaba al departamento al mediodía, y se iba a las tres horas, aproximadamente, con mil pesos más en el bolsillo, y un poco de marihuana o cocaína si así lo deseaba. 

Con el paso del tiempo se hizo amigo de las víctimas que tenía a su cargo. Algunas le pedían ayuda, pero nunca lo hizo: “no puedo hacer nada, si una se va, a mí me matan”. 

Se siente mal por ese episodio en su vida, pero después de tantos años inmerso en las drogas, no considera que de haber ayudado a esas mujeres algo en su futuro o su pasado hubiese cambiado.

La mayoría de los clientes eran personas de clase alta. Se enteraban del “negocio” en las cenas de restaurantes elegantes, o en reuniones de empresarios en bares de la ciudad. 

Por el buen trato de “Édgar” a los clientes (droga, refrescos o alcohol), durante su estancia en el departamento se ganaba hasta 500 pesos extras diarios por concepto de propinas, aparte de los mil pesos que recibía al terminar su jornada.

Las mujeres, en su mayoría, no rebasaban los 25 años de edad. Las que estaban ya más grandes simplemente dejaban de ir un día y él no las volvía a ver.

Había unas que incluso se hacían a la idea y trataban de ver el día a día como un trabajo más, sepultando los recuerdos de sus familiares, e incluso de sus hijos. “No sé como lo lograban, yo sólo aguante año y medio y dejé ese trabajo, ver lo que pasaba ahí todos los días puede enfermar a cualquiera”. 

Sabe que el lugar sigue operando.  Sabe, como muchos, que en la zona hay sitios similares y que las autoridades no hacen por retirarlos.

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