Tiempo de cambios

Los cambios siempre representan incertidumbre, pero también enseñanza, conocimiento, crecimiento…

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Los cambios siempre representan incertidumbre, pero también enseñanza, conocimiento, crecimiento… y errores –que deben asumirse como experiencias– que moldean nuestra personalidad y nos preparan para, en un círculo virtuoso, emprender nuevas mudanzas. Hay profesiones en que esta dinámica es permanente, como en las fuerzas armadas. En la Marina hay quienes durante su carrera acumulan hasta 20 puertos y una decena de barcos; en el Ejército, al andar en regiones, zonas y batallones se suman con los años domicilios siempre provisionales en pueblos y ciudades.

Hay quienes asumen esto con gran facilidad, siempre con la maleta lista para zarpar y arrumbar a otros horizontes, incluso hasta promueven las permutas, son los aventureros por excelencia; otros somos más reacios a iniciar nuevos retos y explorar otros mares, quizás para no salir de nuestra zona confort. Yo era de este grupo, incluso siendo muy joven, no me gustaba ir de una comisión a otra, de un barco a otro, por el “volver a empezar”; sin embargo, con el tiempo reconozco que esos zarpes y arribos me enriquecieron, me formaron y ayudaron a tener no una, sino dos profesiones. Siempre recuerdo que cuando estaba indeciso por optar para el retiro, un capitán me dijo: “la Armada no es todo”, y cuánta razón tenía. 

Los expertos en estas cuestiones dicen que el crecimiento o desarrollo personal es esencial para sentirnos libres, tener independencia para poder elegir y poner en práctica nuestros recursos y disfrutar de todo cuanto nos rodea; tener coraje para superar los desafíos que se puedan presentar en el camino y potenciar nuestras habilidades y capacidades. Quienes se quedan anclados pueden tener una vida más tranquila, segura, inamovible, pero nunca sabrán de qué hubieran sido capaces si no lo intentan.

Por estos días, un estimado y reconocido empresario y compañero columnista, Raúl Asís Monforte González, llegará a la presidencia de una cámara empresarial, la CMIC, con gran apoyo de ese sector industrial en donde este ingeniero civil, con dos maestrías, ya es un referente, no sólo local, sino también nacional, por sus aportes sobre energía renovable y la defensa del medio ambiente. Buenos vientos soplan para los industriales con el timón al mando de Raúl.

Las redacciones de los periódicos también son de cambios constantes. La semana pasada, dos compañeros dejaron la nuestra para emprender nuevos desafíos laborales, sí, en tiempos de pandemia, difíciles, como toda época, y más ahora en que las oportunidades merman, aunque hay que buscarlas; ellos enfrentan el cambio con confianza y optimismo, pues su capacidad está fuera de duda y seguro saldrán avante. Recuerdo que hace algunos años, otro compañero emigró a Estados Unidos, y uno más a España, y ahí siguen, haciendo camino al andar, en el aprendizaje de la vida, potenciando sus capacidades, labrándose un mejor porvenir.

Y nada es más satisfactorio que, al reencontrar a alguien que soltó amarras y se lanzó en busca de nuevas oportunidades, verlo realizado, con mayor bagaje de conocimientos y, sobre todo, que se haya convertido en una mejor persona.

En cada puerto… un compañero

Era inevitable. Siendo parte de una Generación de 100 grumetes (1973), al arribar a algún puerto siempre encontrábamos un compañero, de máquinas o de cubierta, generalmente en algún buque atracado en el mismo muelle o con nuestras unidades amadrinadas (amarradas una a la otra). La estancia entonces se hacía más placentera y las franquicias más, al tener con quien compartir experiencias y anécdotas.

Lo mismo ocurría con los cambios de barco o el regreso a las escuelas a seguir capacitándonos periódicamente, allí era el reencuentro con compañeros de antigüedad o de generación, de nuestra especialidad y de otras, con los maestros y con directivos que fueron (o lo serían después) nuestros comandantes. Con los mandos egresados de la H. Escuela Naval ni qué decir, pues compartir cuatro o cinco años de estudios significaba conocer a un centenar de compañeros con los que se haría el “rendez vous” en algún momento de la travesía.

Así era entonces la Marina, una gran familia en donde siempre encontrábamos algún conocido que nos iniciaba sobre aspectos de la rutina a bordo y nos facilitaba la adaptación a nuestra nueva “casa” temporal, rol que nos tocaba repetir cuando recibíamos a un nuevo integrante de la tripulación.

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