13 de Diciembre de 2017

Opinión

¡No me callen, carajo!

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Fue el grito inconsciente que le salió del vientre a la diputada blanquiazulina Esther Quintana, cuando alterada por las interpelaciones de que era víctima mientras trataba de responder a las acusaciones de traición por parte de la bancada perredista, luego de que se aprobó la reforma laboral (con outsourcing incluido y 388 bis arrebatado), le salió el diablo del cuerpo. Y con justa razón. Sobre todo porque el diputado Monreal, al que casi ni le gusta provocar al conciliábulo prianista, señaló con cierto dejo de amargura que "Qué lástima que la alianza PAN-PRD haya sido efímera, solo una especie de aventura extramarital".

Digo, no se vale, una cosa es que los panistas hayan dejado colgados a los perredistas, como ha expresado con poesía Chucho Zambrano, y otra es que el altísimo sentido moral que los caracteriza se hubieran prestado a ser amantes bandidos de nadie. A lo mucho fue un fajín fajardo.

Pero también, no puede ser que los del sol azteca en serio se creyeron que los de Acción Nacional iban a ir con ellos en lo de impulsar la transparencia, democracia y cuentas claras en los sindicatos charros. Deben ser la clase de personas que compra tiempos compartidos en la Luna, o esto estaba más o menos arreglado en el guión de esta loca telenovela de dipuzombis laborales.

Como sea, da gusto que la señora Quintana haya respondido a la provocación de Monreal, que parecía querer abonar la dignidad de AN. Hubiera sido bueno que también le hubiera gritado "¡Cállese, carajo!" al dipu Arellano, cuando su folclórica metáfora de las mujeres que, al igual que la tierra, son de quienes las abonan y las trabajan.

Bueno, igual como el inspirado poeta agropecuario es del PRIcámbrico temprano no podía espetarle ni un "¡Que se jodan!", estilo Bryce Echenique, a riesgo de poner en peligro la iniciativa preferente de Calderón, que ya ven cómo se pone cuando las cosas no le salen. Dicen que peor que el vocero de Peña Nieto cuando lo obligaron a explicar que las cinco filas de Pau Peña para el concierto de One Direction eran un mito tan genial como las tarjetas de Soriana.

De todas maneras era un despropósito meterse con los superpoderosos líderes sindicales que, ya puestos de acuerdo, podían desestabilizar al país más que los normalistas de Tiripetío, los encuerados de los 400 Pueblos y El Peje juntos.

Mejor hay que cargarle el IVA a la prole que, como siempre, disfruta de lo que viene siendo la explotación recreativa.

www.twitter.com/jairocalixto

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