16 de Diciembre de 2017

Opinión

2013: las pesadas tareas de Peña Nieto

Gobierna un hombre que desde los primeros momentos logró acuerdos importantes con las distintas fuerzas.

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México vivió un momento grandemente esperanzador cuando Vicente Fox llegó a la Presidencia de la República. No duró mucho el optimismo: las expectativas comenzaron a diluirse cuando comprobamos que al personaje le faltaban tamaños para reformar a fondo la estructura corporativa y clientelar del antiguo régimen. Eso sí, estuvimos avisados: un hombre que no respeta desde un primer momento los modos republicanos no parece ser el indicado para desempeñar las tareas de un auténtico jefe de Estado. ¿En verdad era necesario que arrancara su discurso inaugural saludando a sus mocosos en vez de sujetarse a los protocolos consagrados por sus predecesores? Y, en efecto, la chabacanería fue una de las señas que marcaron su sexenio aunque al primer presidente de la alternancia democrática hay que reconocerle, por lo menos, dos virtudes fundamentales: su irrestricto respeto a las libertades y su adhesión a las políticas macroeconómicas implementadas por Ernesto Zedillo, uno de los más respetables presidentes que haya tenido este país.

El sucesor de Fox fue un individuo serio, acompañado de una mujer prudente y sensata, con lo cual cambiaron los usos de la casa presidencial. Es todavía demasiado temprano para hacer un juicio definitivo sobre la gestión de Felipe Calderón pero su defecto mayor, tal vez, fue la falta de voluntad para establecer acuerdos políticos con unos sectores de la oposición que hubieran podido ser sus compañeros de ruta en lugar de sus crecientes adversarios. Y, habiéndose presentado como el “Presidente del empleo”, su principal prioridad terminó siendo otra muy diferente.

Hoy, en el Palacio Nacional gobierna un hombre que no solo ha decidido enviar señales muy claras sobre la naturaleza de la investidura presidencial sino que ha logrado, desde los primeros momentos de su sexenio, acuerdos importantes con las distintas fuerzas del espacio político. Y lo ha hecho sin estridencias ni triunfalismos exhibiendo un talante negociador que es muy de agradecer tras dos sexenios de paralizante crispación. Suponemos ahí habilidades suyas y de sus colaboradores que serán muy necesarias para construir un futuro que no puede ya esperar.

Lo que no sabemos es hasta qué punto podrá Peña Nieto avanzar sin provocar un contragolpe de los sectores más reaccionarios de su propio partido. La maraña de intereses levantada por el antiguo partido oficial para granjearse votos y mantenerse en el poder abarca prácticamente todos los grupos de la sociedad, desde esos empresarios que se repartieron a su antojo un mercado sin competencia hasta unos obreros sometidos a los designios de sus acomodaticios líderes sindicales, pasando por otros cuerpos como el de los maestros o los médicos de la seguridad social. El país de los monopolios públicos y privados es también el territorio fértil del corporativismo más intransigente. Para mayores señas, vean ustedes las delirantes demandas de la CNTE y de esa famosa Sección 22 del SNTE en Oaxaca.

Pero, más allá del posible enfrentamiento con sus correligionarios —y de que ignoremos también cuáles son los verdaderos propósitos transformadores del actual presidente—, Peña Nieto debe resolver problemas que tienen un componente cultural (es decir, que se derivan de una manera de ser y de comportarse de una colectividad determinada) y que, si no logra agenciarse los recursos de que carecieron sus antecesores, significan un desafío colosal, dicho esto en el más estricto sentido de la palabra. Estamos hablando aquí, entre otras cosas, de la descomposición moral de la sociedad mexicana, de la existencia de millones de ciudadanos con una pobrísima formación educativa y de la consecuente carga que estas realidades representan para un país que, en los hechos, se mueve a dos velocidades; hay un México que es una auténtica potencia industrial y hay otro hecho de improductividad e ineficiencia; uno que está poblado de individuos emprendedores y otro que se resiste tozudamente a la modernidad; uno de ingenieros altamente capacitados y otro de malos estudiantes que reclaman airadamente ayudas sociales; está el México exportador que aspira a convertirse en el primer socio de Estados Unidos y está el otro, el que importa los productos básicos que no puede producir; en fin, hay que saber que cualquier posible cambio de fondo en nuestro país significa obligadamente un relevo de generaciones. Porque, hasta nuevo aviso, el México que no funciona es el de muchos mexicanos que tampoco funcionan. Y esto, como podemos bien imaginar, no es algo que se pueda resolver en un sexenio.

Ahora bien, tenemos signos anunciadores de que las cosas van a empezar a cambiar. La historia siempre comienza en algún lado. A lo mejor, ahora ha llegado el momento para México. Por lo pronto, feliz 2013, amables lectores.

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