12 de Diciembre de 2017

Opinión

22 mil 322 desaparecidos. La cifra de nuestra vergüenza

Ese es el número que tiene el Registro Nacional de Datos de personas extraviadas o desaparecidas.

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Después de casi dos años de tropiezos, feria de cifras, desinformación y la renuncia de un subprocurador encargado del caso, la semana pasada Mariana Benítez salió a poner un poco de orden y a informar dónde estamos respecto a las personas desaparecidas.

Veintidós mil 322 es el número macabro que contiene el Registro Nacional de Datos de personas extraviadas o desaparecidas.

Esto después de que, según explicó la subprocuradora, desde “el inicio de esta administración” se ha venido trabajando en la depuración de la lista y en la búsqueda de estas personas. Benítez enumeró varias acciones: “Actualización de las denuncias, averiguaciones previas, carpetas de investigación o actas circunstanciadas radicadas en las fiscalías y procuradurías estatales. Establecimiento de contacto con los familiares para actualizar la información. Identificación de posibles homonimias o duplicidades contenidas en los registros de dos o más procuradurías o fiscalías locales, y cruce de información con bases de datos de otras dependencias o instituciones”.

Después de un año y medio de trabajo se ha logrado quitar a 30 mil del macabro registro.

La mayoría, por cierto, localizados vivos.

¿De qué tamaño —cuántos hombres, cuánto presupuesto— debe ser el esfuerzo de un Estado democrático y responsable para buscar a sus ciudadanos? ¿Si al final resulta que en un sexenio desparecieron mil, dos mil, tres mil, cinco mil… cómo se explica, cómo se investiga, cómo se castiga?

Si entendí bien a Mariana Benítez, de los 30 mil depurados/localizados hay mil 224 localizados sin vida. ¿Cómo murieron? ¿Quién los mató? ¿Cuántas investigaciones hay para encontrar a los culpables? ¿Por qué murieron?

La resaca de la última década apenas comienza.

De cómo la enfrentemos depende la calidad de nuestro futuro. No tengo duda.  

NOTA: El viernes pedí que me enviaran ejemplos que ilustran esa no extraña confusión entre lo folclórico y lo jodido. Es decir, aquellas instancias en donde el comportamiento ilegal de los mexicanos es simplemente el resultado de una omisión u acción de la autoridad y no de nuestro supuesto “carácter cultural”. Gracias. Estoy definiendo qué hacer con sus muchas respuestas para darles el despliegue que merecen. Por lo pronto, síganle: [email protected]

[email protected] 

Twitter: @puigcarlos

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