26 de Septiembre de 2018

Opinión

A como dé lugar

Los gobernadores priistas destacaron por sus acciones y actitudes cavernarias, pujando abiertamente por borrar a sus opositores.

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Las elecciones del pasado domingo en 14 estados tuvieron resultados equilibrados desde la perspectiva de los partidos políticos: todos lograron triunfos importantes y sufrieron derrotas dolorosas, sin que haya un gran vencedor o un gran perdedor.

Sin embargo, el análisis detenido de esos mismos resultados es preocupante: la gran mayoría de las elecciones fue ganada, a veces aplastantemente, por los gobernadores de cada estado que, en los peores casos, asumieron las funciones de autócratas partidistas, volcando ilegal, pero sobre todo impunemente, los recursos materiales de sus gobiernos en las campañas que condujeron.

Si bien es cierto que los tres partidos participaron en dinámicas comparables, también lo es que los gobernadores priistas -entusiastas herederos de la más añeja y descarnada tradición de manipulación de elecciones- destacaron por sus acciones y actitudes cavernarias, pujando abiertamente por borrar a sus opositores y vanagloriándose al lograrlo del ya impresentable “carro completo”. En nuestro vecindario, Quintana Roo es un claro ejemplo de esta ausencia de recato.

Lo grave de la situación es que, a diferencia de lo que pasaba hace 20 años, la búsqueda de una mejor democracia, de elecciones limpias dentro y fuera de las casillas, y de la penalización a las acciones ilegales de los gobernantes ya no son temas prioritarios para ningún partido político. Todos ellos hacen las cuentas electorales a partir del botín obtenido.

Si éste resulta satisfactorio, las críticas y reclamos de conductas ilegales, que por supuesto sólo se reconocen en las plazas en que cada uno sufrió derrotas, se vuelven un asunto menor. A veces una cuestión de etiqueta, que no de ética, destinada a consolar a sus correligionarios vencidos.
Purgar las prácticas ilegales del sistema, el uso de dinero para comprar votos, o de instrumentos de gobierno para coaccionarlos, no es hoy tema de la agenda política real de ningún partido.

Este país vivió décadas de dura lucha para expulsar el fraude electoral de las urnas. Con raras y en general numéricamente insignificantes excepciones esa meta se logró.

Hoy, sin embargo, nuestras elecciones libres siguen sin ser auténticas, pues sus resultados no son un reflejo fiel de la libre voluntad de los ciudadanos, adulterada por presiones, manipulaciones o compromisos clientelares negociados con el hambre.

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