24 de Septiembre de 2018

Opinión

A mi manera

Se nos dirá que hay tragedias que despedazan el alma, como las que hoy sufre México, pero el amor imperecedero por lo que dolorosamente perdemos, así como tratar de ser útiles a los demás, pueden darnos alivio.

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Hace días un escritor y poeta, ciego y octogenario, sintió algo de humor negro al recibir la Medalla Bellas Artes. Destacó la crónica periodística que nada importante ocurrió en esa ocasión para el viejo, quien calificó a la presea de ser un chiste cruel.

Eso prueba que los años, las tribulaciones del alma y las enfermedades del cuerpo merman nuestras facultades físicas y, en algunos, la fortaleza del espíritu, resignándolos a sobrevivir sufriendo. La adversidad no los deja vivir. Como el estoque hace que el toro herido busque las tablas para que termine la faena, muchos hombres se hallan muertos antes de morir.

Otras historias nos dicen que se puede caminar a la eternidad —para algunos a la nada— alegres por la vida, aceptándola como es, con optimismo, y sin dejar de amar; fuertes ante el dolor, valorando la compañía y también la soledad.

Cuentan que un prominente hombre, también enfermo y viejo, recibió de sus amigos con motivo de su cumpleaños un buen vino español, y que le bastó un pequeño papel para corresponderles diciendo: En doliente senectud/ recibo noble bebida/ por eso mi gratitud/ de hacerme decir ¡salud!/ cuando la tengo perdida.

Platica un destacado actor estadunidense que durante los ensayos de una obra en Nueva York caminaba de su casa al teatro, para después regresar, y que en su ir y venir hizo amistad con un pordiosero negro, a quien diariamente socorría con dos dólares para su anhelada copa de alcohol. Una noche, cuando el artista regresaba a su alojamiento, cubriéndose con el paraguas del diluvio que caía sobre la ciudad, vio que el mendigo, abrazado al poste del que pendía el farol que lo iluminaba,con la cara al cielo y desafiando a la tormenta, cantaba “A MI MANERA”.

Esos casos enseñan que no podemos escapar por completo del sufrimiento, pero los dos últimos demuestran que debemos procesar nuestros duelos para no dejar de amar, y volver a gozar, cantar y brindar por la vida lo antes posible. Si al sufrirla nos parece eterna, y un instante al disfrutarla, es evidente la manera como debemos procurar vivirla.

Se nos dirá que hay tragedias que despedazan el alma, como las que hoy sufre México, pero el amor imperecedero por lo que dolorosamente perdemos —aceptando que todo lo nacido ha de fenecer un día—, así como tratar de ser útiles a los demás, pueden darnos alivio, sobre todo si recordamos que lo más negro de la noche anuncia que está próxima una nueva alborada.
ADENDUM.

La infiltración de vándalos en las protestas populares presagian lo peor: que la sociedad tome distancia de ellas, por justos que puedan ser sus reclamos, y que el Estado las reprima con dureza. A todos daña la violencia, pero se ceba con mayor saña en los jóvenes, en los pobres, en los de abajo. Son ellos quienes más decididamente deben evitarla.

¡Si pudieran hablar las docenas de miles de muertos y desaparecidos, incluyendo los 43, eso dirían! Mi amigo Dionisio hace poco me recordaba el proverbio africano: Cuando los leones pelean el que sufre es el pasto. 

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