22 de Septiembre de 2018

Opinión

Acuérdate de Acapulco

En el Acapulco de todos se han presentado extremos de violencia generalizados y de grave crueldad.

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Como suele ocurrir cuando prevalece el desorden, un desastre natural exhibe las penurias y limitaciones de las autoridades. Guerrero es un episodio paradigmático. Un gobernador reelecto que no aprendió de lo peor que sucedió en su ejercicio previo. Autoridades municipales negligentes, complacientes y rebasadas frente a la magnitud de la tragedia. Un cúmulo de corrupción y abandono. 

Como siempre, son las instancias federales las que encaran la situación, acompañadas de la generosa solidaridad de muchos mexicanos. Varias regiones del país han sido afectadas, pero la situación es más grave en Acapulco, no solo por la magnitud del golpe natural, sino por el desorden urbano, político e institucional.

Ángel Aguirre, entonces senador del PRI, fue llevado de la mano a la gubernatura por Marcelo Ebrard con el rechazo abierto de López Obrador. Sus antecedentes lo volvían intransitable para la izquierda genuina. Desde el Senado el ex gobernador tejió alianzas y proyecto. 

Ganó porque se le creyó la oposición a Zeferino Torreblanca, un buen hombre que no pudo con la responsabilidad de gobernar uno de los estados más difíciles del país. En la noche de la elección, Ebrard y los suyos festejaban en Acapulco lo que entendían un escalón más para ganar la candidatura presidencial.

Ya sin ellos, la fiesta continuó hasta los festejos de días pasados; allí, entre copas patrias y mariachis asiste una de las tragedias naturales más dolorosas que haya sufrido Guerrero, previa alerta de instancias federales.

Marcelo Ebrard no ganó la candidatura presidencial. Los hechos dan razón a López Obrador sobre el error de que la izquierda haya llevado al poder a Ángel Aguirre; el amoral pragmatismo de Ebrard de sumar a la causa a cualquiera. 

La dirigencia del PRD ha hecho lo que corresponde: arropar a uno de los suyos aunque no lo sea; ahora los de Ebrard, en voz del senador Mario Delgado, se suman a la carga y demandan investigar a quien ellos llevaron al poder.

Es injusto, además de oportunista, cargarle la mano al gobernador. En realidad en Guerrero y Acapulco hay un cúmulo de responsabilidades históricas de todos colores, grupos y corrientes. La decadencia inició hace décadas y los intentos de rescate están acompañados de malas decisiones y obras públicas de inocultable venalidad. 

Cierto es que Acapulco no solo es marca, hasta hace poco tiempo muy acreditada en el mundo del turismo; también es una de las bahías más bellas del mundo y el lugar más próximo al Valle de México, el mayor, más poblado y más rico mercado en América Latina. 

Pero Acapulco se ha vuelto jugoso negocio de especulación inmobiliaria que decidió establecerse en una zona hostil y de riesgo. Además de que en el Acapulco de todos se han presentado extremos de violencia generalizados y de grave crueldad.

Quienes saben dicen que si operara la presa La Parota, no hubiera habido inundación en la zona de Acapulco Diamante. Se ha dicho que el embalse no solo es importante para la generación de energía eléctrica, sino para proveer agua a la población y protegerla de inundaciones. Será cuestión de investigar y, de ser el caso, será más fácil dar curso a la obra que reubicar aeropuerto, miles de viviendas y las millonarias inversiones turísticas. Pero el gobernador Aguirre ha rechazado el proyecto, sus razones tendrá. Lo hizo en campaña y ahora insiste como gobernador.

Guerrero tendrá elecciones en 2015 y el señor Aguirre y el alcalde Luis Walton dejarán de ser el centro de la crítica e inconformidad. Vienen meses de reconstrucción que demandan supervisión y control para evitar que nuevamente la corrupción se imponga. No solo se trata de restablecer calles, caminos, puentes, instalaciones y la red de agua potable y drenaje. La situación llama para un programa de rescate no de un severo siniestro natural, sino de décadas de abandono y venalidad. 

Se requieren decisiones con perspectiva amplia y que lleven a ese territorio emblemático del país al lugar que merece. Un proyecto que incorpore el derecho al bienestar de los cientos de miles de personas que allí habitan y no solo de sus ocasionales visitantes o inversionistas.

El desastre natural muestra el desorden en muchos estados y municipios. Es una lección dolorosa sobre la que hay que actuar de inmediato. Cuentan —y mucho— las acciones disciplinarias que sancionen con rigor la indolencia en el momento y la corrupción de hace tiempo. 

Pero también es un llamado de atención para que las autoridades den lugar privilegiado a la prevención y a la preparación para actuar en ocasión de desastres. Como señalaba Liébano el día de ayer en este mismo espacio, el castigo de la naturaleza es parte de nuestra historia, pero no de nuestro destino y condena. Mucho es lo que hay por hacer. Por lo pronto, un poco de orden y claridad sobre lo importante.

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