19 de Septiembre de 2018

Opinión

Adiós, Compadre Lobo

A pesar de mis lecturas precoces y mi temprano gusto anglófilo, ninguna de mis lecturas previas pudo prepararme para esa novela...

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A Martín Estrella Ramayo, por su generosidad

Cursaba la secundaria cuando, de visita en casa de un amigo, me puse a revisar el librero que tenía su familia en la estancia. Dos me llamaron la atención y tuve la suerte de llevármelos a casa en calidad de préstamo: “La isla de coral” (1857), del escocés Robert Michael Ballantyne, y, el otro, “Gazapo” (1965), del mexicano Gustavo Sainz. 

Este último me llamó la atención por su portada, donde podía verse un corazón calzando un tenis azul con las agujetas desatadas. Como lector, si “La isla de coral” sumergió mi imaginación en el océano de las fantasías aventureras, “Gazapo” fue como un jalón de pelo de mi madre, un bofetón literario que me abrió los ojos.

A pesar de mis lecturas precoces y mi temprano gusto anglófilo, ninguna de mis lecturas previas pudo prepararme para esa novela que, breve en apariencia, me tomó mucho tiempo leer y entender. 

Por más que intentaba avanzar, me resultaba compleja y, en ocasiones, ininteligible. ¿Qué podía saber yo a los 13 años que me encontraba leyendo el primer libro de un escritor que resultó un parteaguas en la literatura mexicana?

La narración no lineal, la profusión de personajes y sus puntos de vista, los juegos de palabras y el lenguaje coloquial como protagonista, la oralidad de unos jóvenes capitalinos a principios de los sesenta, sus albures, sus peripecias, el erotismo incipiente y sus primeros escarceos sexuales estaban a años luz de mis lecturas anteriores. 

Su estructura literaria me confundió y, sin embargo, por alguna razón, resultó inevitable terminar de leerlo. Así fue mi primer encontronazo con la “Literatura de la Onda”, mucho antes de saber lo que el término acuñado por Margo Glantz significaba, pues no fue sino hasta la universidad que conocí de lleno a José Agustín y escuché hablar de Parménides García Saldaña, escritor maldito de su generación.

No fue sino hasta 2014 cuando, con miras a organizar un homenaje a Agustín y la Onda, retomé la prosa enrevesada de Sainz en su “Compadre Lobo” (1978) y “La princesa del Palacio de hierro” (1974), novelas que habrían de alejarlo de ese grupo en el que fue aglutinado tanto por cuestiones cronológicas como por el tratamiento de sus tópicos urbanos y autobiográficos, cuestión que padecieron también sus contemporáneos arriba mencionados. 

Ayer se supo por el obituario aparecido en el Herald Times de Bloomington, Indiana, que Gus Sainz había fallecido el pasado 26 de junio a los 74 años, en la ciudad que lo adoptó como profesor y académico de la universidad estatal cuando en 1980 decidió emigrar a E.U. Adiós, Compadre Lobo.

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