17 de Noviembre de 2018

Opinión

Agenda bilateral

Históricamente ha habido afinidad entre los presidentes norteamericanos demócratas con los presidentes del PRI.

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Si algo ha quedado claro  de la visita de Barack Obama, la semana pasada, es el grave deterioro que sufrió México en los 12 años de administración panista, a consecuencia de una política internacional deficiente que, incapaz de definir sus objetivos de acuerdo con los intereses del país, optó en los hechos por subordinarse a la perspectiva establecida por los organismos de seguridad norteamericanos.

Así, nuestra relación con la primera economía mundial se vio paradójicamente reducida a la esfera policial, asumiendo exclusivamente el rol de servir de muro de contención para las amenazas a la seguridad interna de los vecinos del norte, a través del Plan Mérida, cuyos objetivos, al igual que el financiamiento ofrecido, fueron parcialmente cumplidos.

Entre tanto, nuestro país vivió con Felipe Calderón niveles de violencia sin precedentes que resultaron de la confrontación brutal entre los grupos de la delincuencia organizada y con el Ejército,  la Marina y la Policía Federal, que de manera desarticulada asumieron el combate contra el crimen.  

A pesar de que las relaciones con la primera potencia mundial no pueden catalogarse de tersas, para fortuna de todos el gobierno de Enrique Peña Nieto, del PRI, ha logrado esta vez colocar en la agenda pública de conversaciones los temas que, conforme a su perspectiva, son importantes para nosotros y que tienen que ver con la economía, el intercambio comercial y la inversión directa, con el objeto de impulsar el crecimiento económico y la generación de más empleos formales.

El apoyo explícito de Obama a las modificaciones que emprendió el gobierno mexicano a la política de seguridad interna, que subordina  todas las fuerzas de combate al crimen bajo el mando de la Secretaría de Gobernación y que pone término a la injerencia directa de las agencias norteamericanas sobre ellas, demuestra que, contra lo que sostenía Calderón, hay maneras más eficientes y soberanas de asumir la responsabilidad de brindarle seguridad a la población.

Y también que sí es posible desarrollar una agenda bilateral, con nuestros vecinos del norte, donde          puedan tratarse los temas que a nosotros nos interesan, y llegar a acuerdos que puedan beneficiarnos mutuamente.

Ello, en mi opinión, fue favorecido por la afinidad  que históricamente se ha dado entre los presidentes norteamericanos demócratas con los presidentes del PRI, en virtud tal vez de las coincidencias entre las plataformas partidistas y los programas de gobierno.

Lo cierto es que Barack Obama en esta visita pareció aliviado al poder encontrar en Peña Nieto un interlocutor que, protocolo aparte, mereciera ser tratado como su par, con todo lo que ello implica.

El brillante discurso que pronunció para los jóvenes dio cuenta de qué tan a gusto se sintió el primer orador estadounidense en este México nuevo.

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