22 de Octubre de 2018

Opinión

Algunas son y otras lo merecen

Paulo Jovio, contemporáneo de Cortés, diplomático y servidor de tres papas, pasó a la posteridad por inventar dos cosas: el concepto de museo y el who´s who.

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Una de las partes aventureras de la lectura es tropezarse con historias inesperadas, datos sorprendentes y anécdotas a veces bizantinas que alumbran el depósito de conocimientos inservibles de los que está hecha la “cultura general”. 

Es inevitable darse cuenta que el mismo portador de la noticia o autor de la obra que contiene la distracción no pudo evitar la tentación de platicarla y eso nos da cierto sentimiento de complicidad con él. Claro que el exceso de divagaciones puede hacernos perder la orientación y preguntarnos a la mitad de una lectura o charla cualquiera: ¿de qué carambas está hablando?

Un ejemplo bonito es lo que nos cuenta el historiador Christian Duverger en su Crónica de la eternidad, en la que propone que el mismísimo conquistador Hernán Cortés es el autor de la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España y no el clásico Bernal Díaz del Castillo, que sobrevivió a todo y estuvo en todas partes para contarlo con pelos y señales. 

Nos informa Duverger, al tratar de establecer minuciosamente los andares del conquistador, que Paulo Jovio, contemporáneo de Cortés, diplomático y servidor de tres papas, obispo de Nocera en Salerno y conocedor de las intrigas internacionales de su tiempo, pasó a la posteridad por inventar dos cosas: el concepto de museo y el who´s who, el quien es quién de su tiempo, consagración de la vanidad de los famosos. 

El obispo Jovio, amante de las artes, dedica su energía a crear una galería de retratos de hombres ilustres desde la antigüedad hasta sus días; para albergarlos, construye en Borgovico, junto al lago Como, un edificio suntuoso al que da precisamente el nombre de museo, por aquello de las musas inspiradoras, “inventando la palabra y la cosa” como dice deliciosamente Duverger.

Mermado su erario, Jovio inventa también el concepto de “suscripción” invitando a filósofos, escritores, clérigos y “políticos” de su tiempo a “cohabitar” en su museo con las grandes personalidades de la historia, pagando el trabajo de los retratistas y recibiendo a cambio, además de un lugar para su imagen, una reseña biográfica en un libro, Elogio de los hombres ilustres. Es en este texto en el que el conquistador Cortés recibe un sitio destacado, al mismo nivel que Carlos V y junto a Alejandro Magno y Aníbal.

Hoy, la llamada hoguera de las vanidades es más extensa y democrática. Como ayer, con todo y lo efímeras que pueden ser la gloria y la fama, sufrimos por el qué dirán y buscamos afanosamente la aprobación y el aplauso, a sabiendas de lo que bien dijo Schopenhauer: “Cada cual vive real y principalmente dentro de su propia piel y no en la opinión de los otros”.

Aunque famosos por derecho los hay, sobre todo muertos y en panteones como el del obispo Jovio. Siendo justos y dando esperanza a los famosos vivos, se vale recordar a Efraim Lessing, pilar de la ilustración alemana citado por el mismo Schopenhauer: “Algunas personas son famosas y otras lo merecen”.

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