25 de Septiembre de 2018

Opinión

Allá, en la distancia

Hoy tenemos un sistema que empobrece a la población y premia la corrupción y el cinismo.

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En cuestiones electorales, tiendo a pensar que todo tiempo pasado fue peor. El fraude directo, la alteración de los resultados de una casilla introduciendo votos falsos, haciendo votar a quien no tiene derecho o impidiendo votar a quien lo tiene son prácticas, si mucho, excepcionales el día de hoy. 

Es verdad que han sido sustituidas por otras, fuera de las casillas, como la compra de votos y diversas formas de presión sobre los electores, pero éstas exigen la complicidad, la anuencia del votante para ser efectivas. Hemos ganado elecciones libres, aunque todavía no auténticas, pues algunos contendientes -que no todos, como ciertas voces insisten en afirmar-, no aceptan la base democrática de que las elecciones se tratan de medir voluntades, no de trastocarlas.

Sin embargo, también es verdad que como sociedad hemos perdido algunas cosas que antes, en el medievo del fraude electoral, sí teníamos.

Teníamos, por encima de todo, esperanza, que a veces ni siquiera llegaba a ser expectativa. Pensábamos que nuestros inútiles esfuerzos por derribar un sistema autoritario y corrupto acabarían por fructificar.

Teníamos planes y objetivos, discutíamos cómo queríamos que fuese el México de nuestros hijos, y lo creíamos posible.

Quienes militábamos en la oposición teníamos desinterés personal. La gran mayoría ni siquiera nos considerábamos políticos, y queríamos cambiar las cosas, no obtener ni un cargo ni dinero. De hecho, en el día a día afrontábamos exclusión y financiábamos a nuestros partidos.

Hoy tenemos un sistema que empobrece a la población y premia la corrupción y el cinismo. Cuántas veces lo vi en un PRD que recibía a los represores de ayer con cargos y privilegios. En la política y en las elecciones pocos disputan el destino del país, ocupándose ya tan sólo del propio.

Pero la peor pérdida es que muchos han decidido conformarse con esta situación. Las constantes quejas ya no llevan a acciones orientadas a cambiar un sistema, sino a una inmovilidad que se justifica en la ficción de que todos los políticos son iguales, y que por tanto es inútil actuar. Es la misma actitud que hace treinta años despreciaba la lucha por elecciones limpias, y proponía una resignación cínica al estado de cosas.

Es con esta creencia que hoy una mayoría social ve las elecciones allá, en la distancia.

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