22 de Septiembre de 2018

Opinión

Alrededor de las anémonas

Son 'detalles' que no podían habérsele pasado a García Ponce.

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Según Antonio Magaña Esquivel se están cumpliendo sesenta años de que Juan García Ponce finalizara su primera obra teatral, “Alrededor de las anémonas”. Lo dice en el tomo de “Teatro Mexicano del Siglo XX”, en el que incluyó la séptima obra de García Ponce, “Doce y una trece”, estrenada en la Casa del Lago en 1964. Así, escribió la primera antes de los 23 años y estaba inédita en 1970, fecha de edición de la antología. 

En la introducción, Magaña Esquivel habla de “las versiones del absurdo, de la crueldad, que da más recientemente el muy joven Juan García Ponce”. En menos de una década ya había tomado otro camino en el teatro y, como narrador, traductor y ensayista, se interesaba, por ejemplo, en Bataille o en Klossowski.

Pero la puesta en escena de “Alrededor de las anémonas”, dirigida por Juan Ramón Góngora, en el espacio de La Rendija, con las extraordinarias Eglé Mendiburu y Conchi Roche, encabezando un gran reparto, demuestra que aun cuando se trate de costumbrismo, la inteligencia, la voluntad de denuncia y aun la crueldad del autor están presentes desde su primera obra. 

No sale uno con un sabor dulzón, sino con la sensación de que lo fundamental pervive y no sólo en Mérida: el racismo, el clasismo y la capa de decencia que tapa las cloacas. Si el costumbrismo se caracteriza por la nostalgia de lo pasado y la felicidad de volver a recordarlo, García Ponce le opone una amarga visión de las contradicciones. 

La bondad de las dos ancianas choca con su dureza a la hora de definir a “un servicio que se pone cada día más difícil” (cito de memoria), frase que arranca una para mí terrorífica carcajada en el público de hoy. Que otra vieja amiga le haya vaciado un ojo a la sirvienta y después haya acusado en falso a un jardinero, con lo cual se salva de “esos comunistas” que quieren molestarla y castiga al jardinero porque se roba la fruta, todavía hace reír al público de hoy.

Pero son “detalles” que no podían habérsele pasado a García Ponce, sino que los subraya para explicar la fuga de un arquitecto (artista al fin), quien no quiere ahogarse en un mundo que sobrevive, por desgracia, en el DF y en los muertos sin fin del Mediterráneo.

El ojo vaciado a “un servicio difícil” y la acusación en falso al jardinero no son antigüedades sino crímenes muy actuales que literalmente claman al cielo.

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