20 de Octubre de 2018

Opinión

Anacrónico socialismo bucólico

El actuario llegó a notificar que se debe desalojar un predio ocupado en Chablekal acompañado de policías, sin embargo fueron agredidos por cientos de pobladores.

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El asunto de Chablekal –con sus embadurnadas y mezcolanzas en las que entran derechos humanos, indignaciones, primitivas  visiones cristianas y azuzamientos subterráneos- es tema insoslayable. Creo que mirarlo sin apasionamientos ni interesadas visiones le haría mucho bien a la sociedad yucateca. 

El análisis, me parece, debe empezar desde el asunto legal: hay una invasión a propiedad privada, sentenciada por la autoridad competente, llega un actuario a notificar que se debe desalojar el predio ocupado y lo hace con todo el comedimiento de que es capaz –lo acompaña un reducido grupo de policías como dispone la misma ley-, la familia –parte de la cual no es ajena al problema que dio origen a todo- se muestra violenta y trata de impedir que el actuario cumpla su trabajo. Actuario y policías intentan dialogar, pero la hostilidad crece. 

En determinado momento “el pueblo bueno” –como se me viene a la mente AMLO- ataca a actuario, personal judicial y agentes a pedradas y los corretea por calles del pueblo.

Ante el elevado numero de agresores, se piden refuerzos y eso enardece más al “pueblo bueno” que ya suma varios cientos.

Lo que sigue: una andanada en redes sociales contra el gobierno estatal, denuncias contra las “fuerzas represoras” que masacraron a “indefensos y pacíficos vecinos” que pretendieron que la ley no sea de aplicación para ellos como debe ser para todos. Y, algo que me parece no debería cumplirse: la promesa del gobernante de hacerle una casa al anciano.

¿Qué hay detrás de eso? Un delito, sin duda, pero no cometido por quien compró de buena fe, sino por un familiar del anciano –un sobrino suyo- que con artimañas despojó del predio a su tío. 

También hay un grupo de iluminados que se sienten profetas de un socialismo utópico –como todos los basados en la fe en redenciones que van a llegar del cielo (se los dicta un pajarito) o de augures que no admiten la convivencia dentro de la legalidad porque ellos construyen un “nuevo orden” (me volví a imaginar a AMLO y ahora le sumé a Chávez)- y sustentan un anacrónico proyecto de vidaen bucólicas comunidades.

Considero que Chablekal es una buena muestra de lo que, si la sociedad deja que cada quien se haga justicia por su mano y según “sus leyes”, puede ocurrirnos.

Ya tenemos aquí a  AMLO y al lado a su contraparte Trump (otro profeta de odio). ¿Para qué queremos más? Aplicar la ley, con todas sus consecuencias, y que el tal sobrino pague su delito y el anciano recupere por la vía legal su propiedad es lo que sigue. Regalarle una casa enterraría un trozo grande de legalidad vulnerada. No es conveniente apapachar el delito.

***
Asentada desde hace años en esa población, la AC que se llama Indignación ha tenido importantes logros sociales, el más significativo, sin duda, haber abanderado a los apicultores yucatecos y campechanos para impedir que la transnacional Monsanto siembre miles de hectáreas de soya transgénica, lo cual, de haberse realizado (hay una suspensión que no es definitiva porque la SCJN ordenó nuevos estudios), hubiera arruinado a los productores de miel que ya no habrían podido vender a Europa, su principal cliente.

No obstante esos y otros logros, el grupo tiene –me parece- un problema de visión: radicaliza sus juicios y a veces bordea la frontera de la ley, hasta ahora sin consecuencias. Uno de sus integrantes, sacerdote católico, mantiene pleitos desde hace años con la jerarquía de su iglesia porque no está de acuerdo con los lineamientos que ésta postula en materias de fe y costumbres y hasta en temas de liturgia.

No se si está suspendido, pero si no lo estuviera creo que debería renunciar a su pertenencia a una fe que, con sus actos, demuestra que es contraria a las enseñanzas del Maestro, cuyas prístina enseñanza postula.

Sostengo –y lo hago después de vivir un viacrucis enjuzgados que no voy a exponer aquí- que siempre es mejor acatar la ley y, dentro de sus cauces, defender los derechos de uno y de los demás.

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