21 de Septiembre de 2018

Opinión

Apóstol

El Plan Municipal de Infraestructura Verde que promueve Mauricio Vila me parece correctamente estructurado y conceptualizado.

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Entre muchas personas del pasado que me hubiera gustado conocer, está Miguel Ángel de Quevedo y Zubieta, ingeniero civil, quien dedicó su vida al estudio y cuidado de la flora y fue llamado “Apóstol del Árbol”. Nació en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, el 27 de septiembre de 1862 y falleció el 15 de julio de 1946, de modo que ayer viernes se cumplieron 70 años de su muerte.

En los albores del siglo XX, desde el Departamento Forestal de la Secretaría de Agricultura, encabezó un programa de parques para el área urbana de la Ciudad de México que permitió en una década incrementar en un 800% la superficie dedicada a esos sitios públicos en la capital. En marzo de 1907, dirigió una misiva al secretario de Hacienda, Lic. José Ives Limantour, para informarle que “con la pequeña suma de doce mil pesos” que acababan de acordar asignarle como presupuesto a la Junta Central de Bosques, que él presidía, establecería un vivero de árboles para propiciar su plantación en la cuenca del Valle de México, además de que promovería “con los gobernadores de los estados el que impidieran, por cuantos medios les fuere posible, la tala de los bosques”; también señalaba que fomentaría entre los particulares la afición por el cultivo forestal y que se proponía instituir la “Sociedad Amante de los Árboles”.

Desde 1901, el propio Quevedo había donado una hectárea de terreno de su propiedad en la demarcación de Coyoacán para establecer el vivero al que se refería y durante 6 años estuvo buscando, sin éxito, el apoyo de diversas autoridades, hasta que, gracias a esa carta, consiguió que Limantour visitara el vivero. El secretario de Hacienda quedó gratamente impresionado por la cantidad de árboles que ahí encontró y convenció entonces al presidente Porfirio Díaz de visitar el lugar y también quedó sorprendido, por lo que decidió que este proyecto merecía el apoyo de su gobierno, constituyéndose así en el primer vivero forestal mexicano. 

Entre 1911 y 1934, el Gobierno Federal fue comprando propiedades aledañas, hasta integrar las 39 hectáreas que hoy constituyen los “Viveros de Coyoacán”, que desde ese entonces ya producían 2.4 millones de árboles anualmente. Este fue solamente uno de sus muchos logros en materia forestal.

Según el Censo General de Población y Vivienda de 1910, la Ciudad de México tenía 720,753 habitantes, un poco menos de lo que hoy tiene la ciudad de Mérida. He opinado, y sostengo, que el Plan Municipal de Infraestructura Verde que promueve el presidente municipal, Lic. Mauricio Vila, me parece correctamente estructurado y conceptualizado; sin embargo, sus metas me parecen bastante modestas si comparamos los 60 mil árboles que pretende plantar en lo que resta de la administración con la cantidad de ejemplares que se producían en Coyoacán y se sembraban en áreas públicas de la Ciudad de México en las postrimerías del Porfiriato.

Pienso que no nos vendría nada mal conocer un poco más acerca del ingeniero civil Miguel Angel de Quevedo y Zubieta. ¿No crees?

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