10 de Diciembre de 2018

Opinión

El asesino de niños de Tizimín (I)

Estos sonados homicidios, descubiertos en junio de 1981, fueron ejecutados por un psicópta de entonces 18 años de edad, llamado Héctor González Rivera.

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Uno de los casos más truculentos que al quedar al descubierto causó gran estupor en el oriente del Estado fue el del asesino de niños de Tizimín, un joven criminal oriundo de la ciudad de los Tres Reyes, quien dio muerte con lujo de sadismo a dos pequeños de esa población hace casi 35 años.

Estos sonados homicidios, descubiertos en junio de 1981, fueron ejecutados por un psicópta de entonces 18 años de edad, llamado Héctor González Rivera. El sujeto estaba afectado de sus facultades mentales y era dueño de un largo historial de enfermedades mentales graves.

No obstante, durante prologados períodos hacía creer a su familia que su estado anímico y mental estaba en equilibrio. De hecho, cumplía con sus obligaciones laborales en la tortillería de sus padres y se desenvolvía con cierta prudencia en su entorno social.

El individuo, quien hace ya un tiempo salió libre del Centro de Readaptación Social tras purgar una condena de casi 17 años –entonces las sentencias eran más leves– asesinó primero a un infante de siete años de edad, de conocida familia tizimileña. Posteriormente dio muerte a otro chiquillo, pero éste de once años.

La fotografía del primer pequeño, de nombre José Enrique González González, se estuvo publicando durante un año en los periódicos de la localidad, ofreciéndose una considerable recompensa por quien diera informes sobre el paradero del chico, solicitud que resultó infructuosa. La familia lo daba como extraviado. Incluso se manejaron entonces varias versiones. Una de ellas era que se había visto una camioneta roja con vidrios polarizados y matrícula foránea cerca de la casa del niño desparecido, el día en que se le vio por última vez.

Sin embargo, pasados varios meses, al descubrirse en una sascabera el cadáver de un niño de rasgos mayas, de nombre José Othón Romero Kauil, con visibles huellas de tortura, las autoridades comenzaron a atar cabos e hilar pesquisas. El hallazgo fue fortuito, cuando a unos chamacos que jugaban futbol se les fue el balón precisamente dentro de la cueva y, al irlo a buscar, encontraron lo que pensaron era “un animal muerto” y dieron aviso a sus familiares.

Al hacerse las indagaciones correspondientes y sabiéndose que ambos niños habían desaparecido, aunque en distintas fechas, en horas del mediodía en la misma calle de Tizimín, los policías judiciales concluyeron que el asesino vivía u operaba por esos rumbos (Continuará).

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