26 de Septiembre de 2018

Opinión

¡Ave César!

Circula la versión de que George Bush Jr. era la única persona, en el mundo, realmente feliz de asistir a la juramentación de Donald Trump...

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Circula la versión de que George Bush Jr. era la única persona, en el mundo, realmente feliz de asistir a la juramentación de Donald Trump, por la simple y sencilla razón de que, a partir de ese acto, seguramente dejaría de ostentar el título de “El Peor Presidente de los Estados Unidos”. El discurso del magnate cubrió plenamente sus expectativas.

Y es que, a pesar de la pompa y el boato, la pieza discursiva no pudo ocultar su cortedad de ideas, la mezquindad de sus propósitos, lo mismo que su grave incomprensión de los procesos económicos, manifestando así  una visión mesiánica, conservadora y vulgar de una religiosidad fanatizada.

Porque sostener demagógicamente que la inconformidad actual deriva de la perversión de los políticos en contraposición con la bondad natural del  pueblo resulta o bien de una incomprensión absoluta de la ciencia política o, peor aún, de la insana intención de ocultar su verdadera naturaleza; pretender que en ese acto se le devolvió el poder al pueblo no es sino repudiar el carácter representativo de la democracia y la división de poderes, para  retrotraernos a la democracia primitiva del Circo Romano, sin más ley que el humor de la masa.

Y aunque siempre me han parecido las referencias ceremoniales a Dios y el uso de biblias, en los eventos públicos y judiciales norteamericanos, como arcaicos resabios de la profesión protestante, su reiterada alusión discursiva, sobre todo cuando se habla del Ejército y las fuerzas del orden, resultan sintomáticos del fanatismo religioso punitivo, anticristiano.

La proclama sobre la igualdad de negros, morenos y blancos (qué hay de los pieles rojas,  los amarillos y los mestizos) que proviene del color de la sangre roja vertida en el campo de batalla y no de nuestra condición humana es la actualización del pregón de los desfasados fascistas necrófilos de que la guerra, la muerte, es la gran igualadora.

Pero lo peor es su falta de comprensión de la economía, que puede causar, sin duda, graves retrocesos productivos, como la regresión de la economía mundial al idílico pasado de la aldea primitiva autosustentable que sólo pudo subsistir de la entropía cuando se decidió a establecer lazos de comercialización para obtener lo que no producían.

 Porque, a pesar de su pragmatismo de hombre de negocios, parece que Mr. Trump no ha logrado comprender que la expansión de las grandes potencias, Estados Unidos entre ellas, se debió más que a la guerra a la ampliación de sus horizontes comerciales y económicos.

El flamante presidente norteamericano, el próximo 31 de enero,  recibirá en la Casa Blanca a Enrique Peña Nieto, del que esperamos que logre hacerle entender las ventajas de la cooperación económica entre las naciones y que logre conducir una buena renegociación del TLC para beneficio mutuo.

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