19 de Septiembre de 2018

Opinión

Buona sera, Francesco

Acertaron los que vieron en la sonrisa de Francisco el reflejo de Juan Pablo.

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No cabe duda que la elección de un papa, por su secretismo y los símbolos que invoca, contiene elementos mediáticos destacados, pero la elección de Jorge Mario Bergoglio, por circunstancias especiales, resultó aún más atrayente. La fecha en que se llevó a cabo, por ejemplo, el 13 de marzo (03) de 2013, difícilmente pudiera contar con elementos más esotéricos.

Sin embargo, a pesar de lo inusual o inesperado de todas ellas, o precisamente por ello, me parece que en su conjunto predomina un hálito de restauración, que no proviene solamente de la primera impresión que dejan todas las elecciones.

Ello a pesar del carácter institucional del que han revestido sus actos los papas que cohabitan, el emérito al jurar obediencia a quien resultara elegido y el actual cuando reconoció la labor del que se encuentra en retiro.

Y aunque hay que acreditarle a Benedicto XVI el ambiente de expectación que creó con su inédita renuncia, las características personales de Francisco: ser latinoamericano y de la Compañía, contribuyen de manera importante a ubicarnos ante un singular binomio  conformado por el aroma de lo nuevo y el influjo de la restauración. De un camino que había quedado trunco, pero que ha sido retomado.

El secreto oportunamente divulgado de que el argentino fue, petición expresa incluida, el segundo más votado en el cónclave anterior, lo mismo que su origen italiano, pueden llevarnos a conjeturar que se trató tanto de un acuerdo sucesorio entre los dos papas como de la restitución de la silla romana a un hijo de Italia.

Pero lo más indicativo, a mi juicio, del programa del nuevo pontífice ha sido la selección de su nombre, Francisco, y su pertenencia a la Compañía de Jesús, significando que la función primordial de la Iglesia Católica es estar del lado de los pobres, así como su disposición para participar en la lucha de la ideas.

Porque han sido justamente los jesuitas, desde su fundación en 1540, los líderes intelectuales de la Iglesia Católica, que han tratado consistentemente de conciliar las creencias religiosas y los avances científicos, de manera que se constituyeron en los verdaderos ideólogos del Concilio Vaticano II.

Sobre Francisco de Asís, todos saben que su apego con los pobres y a  la naturaleza, contribuyó a oxigenar la institución Católica, dándole orden en tiempos de caos y regresándola a su origen popular.

Tareas difíciles no siempre comprendidas por la jerarquía, que ha obligado a callar a sus grandes pensadores como Pierre Teilhard de Chardin y Jon Sobrino, uno por rescatar para los católicos la Teoría de la Evolución, el otro por suscribir la Teología de la Liberación, censurada por Juan Pablo II.

Acertaron los que vieron en la sonrisa de Francisco el reflejo de Juan Pablo. Pero se trata del primero (Albino Luciani), no del segundo.

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