18 de Julio de 2018

Opinión

Burroughs: el último yonqui

Este año se conmemora el 100 aniversario del nacimiento del escritor norteamericano William S. Burroughs autor de “Yonqui” y “Marica”.

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Este 2014, entre los múltiples aniversarios y centenarios que se celebran, poco se ha dicho de una efeméride por demás peculiar: la del 100 aniversario del nacimiento del escritor norteamericano William S. Burroughs.

Genio y figura, icono de la contracultura y de las vanguardias literarias, Burroughs nació en San Luis, Misuri, el 5 de febrero de 1914 y desde pequeño pudo gozar de las ventajas de pertenecer a una familia con solvencia económica, puesto que su abuelo fue el inventor de una máquina de sumar, lo que le permitió fundar la Burroughs Adding Machine, empresa que incluso hoy día subsiste bajo otro nombre.

Lo anterior le permitió estudiar en Harvard. Posteriormente, después de varios fracasos en el rubro empresarial, conoció a Allen Ginsberg  y a Jack Kerouac, trilogía que más tarde se convertiría en la llamada “Generación Beat”, grupo literario del cual Burroughs –por ser mayor- se convertiría en una especie de gurú.

Sin embargo, William no comenzaría a publicar sino hasta después del éxito de Kerouac (On the road, 1957), y a raíz de su estancia en países como México y Marruecos, geografías de donde extrajo muchas de las vivencias y motivaciones que lo llevaron a escribir una literatura con impronta personalísima.

En una primera instancia, cuando publicó “Yonqui” y escribió “Marica” –que no fue publicado sino hasta muchos años después- su estilo narrativo era lineal y hasta cierto punto convencional, si bien su temática era provocadora y escandalosa para su tiempo, al grado de que sus primeros libros fueron prohibidos en su país natal.

Más adelante, con “El almuerzo desnudo”, Burroughs rompió con las tradiciones literarias y comenzó a experimentar con diversas técnicas con el afán de destruir el lenguaje, pues consideraba que el lenguaje era un virus que infectaba la mente humana y cuya hegemonía había que destruir. De ahí que experimentara con los “cut-ups” o collages narrativos, donde pretendía resquebrajar las normas sintácticas y semánticas en su búsqueda de un sentido emparentado con una visión totalizadora o gestáltica de las palabras.

Su vida continuó por estos derroteros hasta los 83 años, edad en la que falleció siempre fiel a su estilo, donde su obra y su propia existencia se mezclaron en una especie de performance literario, pues ni su perenne adicción a las drogas ni su afición a las armas de fuego impidieron que se convirtiera de figura underground a personaje de la cultura pop y que sus libros fueran referentes de las vanguardias literarias del siglo XX.

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