23 de Septiembre de 2018

Opinión

Los caballeros del privado

No cruzan palabra. Cada quién paga su cuenta. ¡Ah, pero eso sí!, se despiden con sonrisas y un fuerte abrazo

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El restaurante típico de comida yucateca ofrecía un ambiente exacto dónde hacer una pausa del agobiante calor, así que decidí hacer un alto y pedir una Ceiba ámbar.

En un privado con amplio cristal, sentados  alrededor de una mesa, pude ver a varios caballeros de edad avanzada, con su respectivo trago al frente. Daban la impresión de ser viejos camaradas.

Advertí seriedad en su semblante y una postura digna. Al verlos en silencio, imaginé que estarían reflexionando en algún punto.

Por mi parte, me dediqué a la cerveza y a un delicioso brazo de reina. Después de un rato, observé de nuevo el recinto y tuve la idea de que permanecían en la misma postura  y prevalecía el pensamiento.

Finalmente no pude más y le pregunté al mesero acerca de aquellos señores. Disimulando, se puso de espaldas a ellos, de manera que no se viera su rostro y me contó lo siguiente:

Esas personas se conocen hace muchos años. Son bastante especiales. Cada uno hecho a su manera.  – ¿Sabe quiénes son, cómo se llaman? –indagué de nuevo.  –No sé sus nombres, pero sí cómo les dicen: De izquierda a derecha son: “Me vale madre lo que digas”, “Sólo yo tengo la razón”, “Permíteme que te explique”, “Lo que pasa es que tú no sabes”, “Por mí sigue hablando” y “A ver si ya te callas”.

Hace años que se echan sus tragos. Antes eran muy platicadores y se entendían de maravilla.  Se ponían de acuerdo en la medida exacta de cada yate nuevo o los millones que ganaban personalidades de la sociedad.

De quién conocía de primera mano aventuras y peripecias de la sociedad emeritense. Todos manifestaban un conocimiento amplio y profundo de la política local, nacional, movimientos de la bolsa de valores, economía, desavenencias familiares, hijos problema.

Luego, algo pasó: discutían por un pie de eslora de algún barco, de los millones de pesos de fulano de tal, que si la reciente xum de alguien era pelirroja o rubia, o si se iba a construir la tercera torre.

Bueno, para qué le cuento. Yo creo que siendo todos tan conocedores como parece,  acabaron por no ponerse de acuerdo.

De seguro porque alguien quería imponer su razón, tratar de convencer, algo así. Desde entonces se reúnen cada jueves de dos a cinco. No cruzan palabra. Cada quién paga su cuenta. ¡Ah, pero eso sí!, se despiden con sonrisas y un fuerte abrazo.
 ¡Vaya biem!

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