17 de Octubre de 2018

Opinión

Calor y progreso

La producción de viviendas en forma masiva, sin que incluyan la reposición de las áreas verdes, producen la intensa desertificación de nuestra ciudad.

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Los primaverales calores yucatecos se han ensañado con nosotros. Apenas empezando abril habían ya rozado los 40 grados, como una clara promesa de lo que nos espera en mayo. 

No se si soy yo, pero oigo a la gente refunfuñar más que otros años, con una correspondiente abundancia de chistes y memes de internet, algunos por cierto geniales. 

Curiosamente, todo este malestar se desarrolla como si viviéramos en el siglo XVI y los actos humanos fueran ajenos a los vaivenes del clima. En medio de las quejas, no se discuten las acciones concretas de personas existentes que han hecho de la cada vez más blanca y menos verde Mérida el planeta más cercano al Sol.

En las últimas décadas, hemos visto al menos decenas de km2 de monte convertirse en masivos fraccionamientos, sin que éstos incluyan en su diseño la reposición de las áreas verdes arrasadas, la siembra de árboles o, al menos, el respeto a las leyes que obligan a proporcionar una mínima vegetación que en algo contrarreste la intensa desertificación de nuestra ciudad. 

A la innegable urgencia de producir vivienda masiva se ha impuesto la de potenciar las ganancias de unos cuantos millonarios, a quienes una política de desarrollo urbano racional les parece onerosa. 

Por si la vivienda masiva y ambientalmente insostenible no fuera suficiente, bajo el mito del “progreso” ahora se ha procedido a la erección de monstruosas torres de departamentos de lujo, fársica reedición del culto fálico, que rasgando el manto verde se levantan como gigantescos radiadores, no sólo por la enorme cantidad de concreto, vidrio y metal que exponen permanentemente al sol, sino por su insaciable exigencia de aire acondicionado para poder lograr temperaturas habitables en su interior y que significan el masivo desecho de aire caliente sobre la ciudad que todos vivimos.

Hay que decir, sin embargo, que el ciudadano de a pie se ha incorporado con gran entusiasmo a la producción de calor. Cubriendo hasta la última brizna de hierba de sus casa con cemento, tirando cuanto árbol se pueda “porque hace basura” y desdeñando cualquier mecanismo de enfriamiento que no sea el aire acondicionado, la clase media ha demostrado que no tiene nada que envidiarle a los ricos en su capacidad de destrucción.

Este calor infernal tiene responsables personales. Entre nosotros.

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