20 de Noviembre de 2018

Opinión

Movilidad 3

Si la densidad de vehículos por habitante es baja en Mérida se debe a una cuestión económica y no al deseo de de adoptar prácticas de movilidad alternas.

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Cuando recién había yo aprendido a conducir un automóvil, solía pedirle prestado a mi mamá su flamante Datsun Sedán 1600 color rojo, con llantas radiales y rines de magnesio; invitaba a dos o tres amigos, hacíamos una colecta para poner unos cuantos pesos de gasolina Extra con plomo de 94 octanos, y si no se juntaba mucho, pedíamos al despachador que la mezclara a mitades con la Nova, de solamente 81 octanos y más barata, por supuesto, para luego dirigirnos a “dar un rol a Montejo”.

Quienes tengan aproximadamente mi edad, recordarán que una escena muy común en Mérida, cualquier noche de fin de semana durante la primera mitad de la década de los 80’s del siglo pasado, era observar el majestuoso Paseo de Montejo, completamente atascado de automóviles, pero cuyos conductores y pasajeros no se presionaban unos a otros para avanzar, precisamente ese era el chiste: “dar el rol”, en eso consistía la diversión, y después de dos o tres vueltas entre el remate y el Monumento a la Patria, si encontrabas dónde estacionar, terminabas cenando unos tacos en Leo, una hamburguesa de Tommy’s, o una pizza de El Gato Pardo. Si no tenías suerte con el aparcamiento, entonces te dirigías a las Súper Tortas Ricky’s en la colonia Alemán.

Pero lo que quiero destacar con esta breve y nostálgica estampa es la gran cantidad de automóviles que podía juntarse en un solo sitio, sin que eso se considerase un problema vial, sino todo lo contrario. La semana pasada mencionábamos el dato de que en Mérida existen hoy alrededor de 450 vehículos por cada mil habitantes, probablemente en 1980 había muchos más, no cuento con ese dato, pero sólo con recordar esas impresionantes cantidades que veía al “dar el rol” por Montejo, me imagino que la cifra era mayor.

Seguramente eso se debía a que las condiciones económicas de las familias de ese entonces permitían adquirir aunque fuera uno o dos modestos vehículos por familia de clase media baja. Como comparación, en el municipio de San Pedro, Nuevo León, probablemente el de mayor ingreso per cápita en la República Mexicana, existen hoy más vehículos que habitantes: se estima la cifra en mil 50 por cada mil habitantes.

Con estos datos, podemos suponer que si la densidad de vehículos por habitante parece baja en Mérida, es resultado de condiciones estrictamente económicas, y no porque los habitantes estemos convencidos de la necesidad de adoptar prácticas de movilidad alternas sustentables, y mucho menos porque encontremos las condiciones propicias para usar otros medios de traslado, como el transporte público, la bicicleta o simplemente caminar.

Para cambiar esto, tendríamos que partir del reconocimiento de que nuestra ciudad no está diseñada correctamente para que eso pueda darse y sería necesario contratar estudios verdaderamente profesionales que rediseñen lo existente y establezcan criterios estrictos de planeación para las nuevas áreas en crecimiento.

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