23 de Febrero de 2018

Opinión

Crudeza olímpica

La tabla de medallas es una medición más bien certera del estado de cosas en México; no sólo en el deporte, sino en el conjunto de la vida nacional.

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La conducción de José Ramón Fernández de DeporTV demostró, hace cuatro décadas, que se podía ser comentarista de deportes y, al mismo tiempo, inteligente y crítico del status quo. Sin embargo, Fernández despertó la animadversión de una porción significativa de aficionados, pues bajo su sensato análisis las derrotas de México en las contiendas internacionales no sólo eran previsibles, sino lógicas.

Y es que la racionalidad choca con la convicción de que no importa cuán mal se hayan hecho antes las cosas, el triunfo épico siempre será posible. Para ello bastaría que todos los mexicanos lo deseáramos, proyectáramos intensos buenos deseos y nos pusiéramos la camiseta.

Ya de perdis, siempre se puede suplicar a santos y vírgenes que lesionen a los rivales más fuertes, pues lo importante es llevarse el premio, no ser el mejor. Este optimismo esquizofrénico requiere, desde luego, ignorar toda evidencia de la imposibilidad objetiva de superar a los campeones de siempre, casi todos del primer mundo.

La olimpiada de 2016 muestra que la sensatez de Fernández no prevaleció. La creencia de que las competencias se parecen a una tómbola donde la suerte puede llevar al triunfo sigue entusiasmando a muchos. Pero la triste realidad es que en los juegos hay muy pocas sorpresas.

La tabla de medallas es una medición más bien certera del estado de cosas en México; no sólo en el deporte, sino en el conjunto de la vida nacional. Nuestros deportistas no ganan medallas por la misma razón que nuestros científicos no ganan premios Nobel: estos galardones reflejan mucho más logros sociales que individuales.

La posibilidad de ganarlos está determinada por las condiciones en que las personas laboran y conviven cotidianamente. Un país en donde la posibilidad de entrenar, estudiar o trabajar está invariablemente subordinada a la precariedad económica, al favoritismo personal o a los intereses empresariales no es un sustrato del cual puedan emerger sistemáticamente grandes deportistas o científicos.

Quienes lo logran son casos extraordinarios, derivados de méritos excepcionales o de condiciones particulares de privilegio. El resultado de conjunto seguirá inmutable.

La testaruda realidad nunca ha sido vencida por la engañifa de la ley de la atracción. Ni en olimpiadas, ni en economía, ni en gobierno.

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