18 de Agosto de 2018

Opinión

El honor de la sabiduría

La poesía está por encima de cualquier nacionalidad y más allá del 'odio', incluso del que, por los 'huaches', nos inculcan a los yucatecos...

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Un maestro me dijo que, entre las cosas buenas que traen consigo los años, están los tiempos en calma y la focalización de las cosas  importantes. Es decir, hay cosas que dejan de importarnos porque no aportan nada a nuestra historia y otras que adquieren importancia relevante porque estarán para siempre.

Como yucateca de una generación pasada, crecí con el resquemor a los “huaches”, nos inculcaron distanciamiento, desconfianza y cierto descrédito a ellos. Nos lo inculcaron en mi casa, no generalizo, aun cuando me consta que esto solía ser la media en muchas casas yucatecas.

Cuando conocí al maestro, asumí ese distanciamiento impuesto culturalmente. Pero el maestro era poeta, sabio, generoso, libre y había pasado toda su vida en el teatro. Me gustó su poesía que a veces se vuelve ruda cuando hay que señalar y condenar, cuando hay que protestar contra la homofobia y la política decapitada.

El maestro accedió a leer mis textos y ayudarme a corregirlos, siempre con delicada paciencia. Lo vi en escena, en cortometrajes, en marchas, en el albergue “Oasis de San Juan de Dios”, lo vi compartiendo su sabiduría y abriendo las puertas de su casa para compartir un poco; siempre un poco más.

En algunos viajes me preguntaban por él y le mandaban saludos, con afectuosos recuerdos. Entonces tuve que ir contra lo inculcado, empecé a quererlo y respetarlo, a seguir sus obras y sentirme honrada cuando él acompañaba las mías. El único defecto del maestro: ser “huach”, pasó a  ocupar un plano sin importancia.

El maestro se ha convertido en uno más de nosotros, en otra referencia teatral  y cultural de nuestro Estado. Leo con enorme gusto que le será otorgada  la Medalla Bellas Artes 2016, máxima distinción que otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes a los creadores vivos más importantes en nuestro país.

Querido maestro, José Ramón Enríquez, usted me conoce bien y sabe que mi recalcitrante ser no tiene medias tintas: sabe querer o alejarse. Es lindo estar cerca de usted a través del teatro, de nuestro teatro y nuestros amigos. Es lindo sentir esta gran alegría por el honor que se brinda a su generosa sabiduría.

Maestro, usted escogió un lugar difícil para vivir, no sólo por el calor, sino también porque los yucatecos podemos ser difíciles, pero también muy amorosos con los hombres honestos. Me uno a la celebración en la que su nombre sonará con fuerza en el Palacio de Bellas Artes. Ese día no olvide recordar que el cielo del Mayab celebra su medalla y su intachable trayectoria.

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