12 de Diciembre de 2017

Opinión

Abril y otros cuentos

Con traducción y epílogo de Javier García-Galiano, el libro tiene varios textos de excelente manufactura...

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Yo amaba a las mujeres cuya bondad, como un manantial subterráneo, infructuosamente invisible, pero infatigable, fluye de vez en vez hacia la superficie y como no encuentra salida, constreñido a las profundidades, cava y cava pozos escondidos hasta secarse.

El párrafo anterior, es parte de la prosa lírica de Joseph Roth en el cuento Abril. La historia de un amor.

Abril y otros cuentos (Ficticia, 2012), con traducción y epílogo de Javier García-Galiano, es una alternativa a las onerosas publicaciones de Acantilado, donde podemos encontrar el  relato que da título al libro y tres más de excelente factura: El aplicado, El busto del emperador y La leyenda del santo bebedor.

Dicha publicación lleva al lector a extremos opuestos en la narrativa del austriaco, ya que los dos primeros son una muestra de sus tempranos esfuerzos literarios, mientras que el tercero da cuenta de madurez y oficio.

El cuarto sería el último escrito por Roth, como una especie de epitafio fatídico y autobiográfico, pues el propio narrador se entregó al alcoholismo durante buena parte de su breve vida (nació en 1894 y murió en 1939, escapando justo a tiempo de los horrores del nazismo que, sin embargo, vio venir y consignó oportunamente en su labor periodística).

No, Anton Wanzl no era bueno. No tenía ningún amor. No sentía ningún corazón. Sólo hacía lo que le parecía inteligente y práctico. No daba amor y no lo exigía. Nunca tuvo necesidad de cariño, de una caricia; no era quejumbroso, nunca lloraba.

Anton Wanzl no tenía lágrimas, pues un joven valeroso no debe llorar. Así se nos describe al protagonista de “El aplicado”, un adolescente brillante con características sociopáticas cuya ambición intelectual y ascenso social se nos relatan a lo largo de muchos años de su vida, hasta su feliz muerte cuyo final es francamente perturbador.

En El busto del emperador se prefiguran los tópicos que permearían toda su obra: la nostalgia, la soledad, la vida trashumante. Se nos narran las tribulaciones del Conde Morstin, fiel ciudadano del Imperio Austro-húngaro (como lo fue el mismo autor), y sus pírricos intentos por conservar el statu quo de los mejores tiempos bajo el gobierno del emperador.

La dolorosa desintegración posterior a la I Guerra Mundial que dio como resultado la república polaca, deja al Conde como un paria, sin un hogar ni a quien servir. Este conmovedor relato es contado de manera digna y solemne, donde uno puede intuir una elegía imperial soterrada en manos de Roth.

La leyenda del santo bebedor es un cuento de largo aliento que versa sobre el absurdo y las peripecias de un borracho vagabundo que, a pesar de recibir ayuda providencial, es incapaz de aprovecharla. Una existencia autodestructiva y alegre por momentos como lo fue ese trago incandescente llamado Joseph Roth.

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