18 de Octubre de 2018

Opinión

Contra la corrección política

A un funcionario público se le debe juzgar no sólo en función de su persona, sino de la gente a la que representa.

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Al hombre del mundo contemporáneo no sólo se le pide enfrentar las necesidades propias de la pirámide de Maslow y capear consuetudinariamente sus dudas existenciales, filosóficas y religiosas, sino llevar una vida impoluta, no tanto en lo moral como en lo ético, en aras del mal que nos aqueja desde que existimos en la llamada “pusmodernidad”.

Este monstruo conceptual de horribles fauces tiene por toda seña dos palabras que alinean al más desalineado y desfacen el entuerto más retorcido, pues su sola mención pone a temblar desde presidentes hasta civiles, ya que no acatarla o tenerla en cuenta conlleva  la desaprobación social: la corrección política, esto es: aquello que podría causar ofensa o ser peyorativo a  la hora de referirse a un grupo o persona, cuyos lineamientos son normados socialmente por la ortodoxia política y cultural. 

Sea lo que sea, admito que en lo público se debe mantener un mínimo de respeto por las prácticas sociales del tiempo que nos ha tocado vivir, al mismo tiempo deploro el caso extremo, donde los fundamentalistas han provocado que la corrección política devenga en hipocresía, ya que los luchadores sociales en muchos casos la piden a gritos, exigiendo se aplique una severidad draconiana.

Considero que es una cuestión de criterio, de lugar, de momento y de cuidado de las formas. A un funcionario público se le debe juzgar no sólo en función de su persona, sino de la gente a la que representa. La inclusión y la pluralidad de su cargo así se lo exigen, no así con una opinión emitida a título personal por un particular con el que, aunque no estemos de acuerdo, está en su derecho de expresarse libremente y nosotros de disentir, criticarlo, ponerlo en evidencia o, mucho mejor, convencerlo de su error.

Existen terrenos donde la corrección política ha invadido en menoscabo de la libertad creativa, como es el caso de las artes. Tanto en el cine como en la literatura muchos contenidos se han adaptado a las épocas que corren, eliminando esas palabras o situaciones incómodas que sólo un ignorante podría tomar como ofensivas cuando no hacen más que corresponder a su contexto histórico y sociocultural, constituyendo precisamente en ello su valor documental como producto artístico. 

Asimismo, en los linderos del sentido del humor, la corrección política no tiene cabida más que como tópico para hacer escarnio. En  Seinfeld, serie de los 90, la incorrección era la norma: un dentista católico se convierte al judaísmo tan sólo para poder decir chistes de judíos (lo que para unos está permitido para los otros está vedado). 

Eso es lo preocupante de las modas intransigentes que piden la corrección como única vía de expresión: si hay algo peor que la falta de respeto en una sociedad es la pérdida irremediable del sentido del humor. Eso en verdad sería una pena...

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