25 de Septiembre de 2018

Opinión

Costos de la decencia política

Un atributo distintivo del estilo de gobernar del presidente Peña es el manejo de las formas, lo que explica el cuidado hacia quien lo antecedió en el cargo.

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El estilo de gobernar es destino. La política no solo no admite improvisación, también requiere carácter y autocontrol. Por eso el poder magnifica las cualidades y defectos de quien lo detenta. Solo el oficio puede inhibir que natura no se imponga sobre cultura. Un atributo distintivo del estilo de gobernar del presidente Peña es el manejo de las formas, lo que explica el cuidado hacia quien lo antecedió en el cargo.

En política no hay recetas ni reglas infalibles, son los resultados los que hablan por sí mismos. El comedimiento en el trato hacia Felipe Calderón y su gobierno ha rendido frutos y ha sido valioso para atraer al PAN al acuerdo y así trabajar de manera corresponsable. Como presidente electo Enrique Peña intervino para la aprobación de las iniciativas preferentes y evitó que los suyos refutaran la propaganda gubernamental de los últimos meses de gestión. Desde el PRI y el Congreso hubo algunas voces críticas, pero pronto cedieron.

Lo ocurrido contrasta con las actitudes de Vicente Fox y Felipe Calderón. Del primero poco podía esperarse: un espléndido candidato, pero desprovisto de formación política y sentido de la magnitud de su responsabilidad. Con frecuencia y sin pretenderlo llegaba al insulto, como fue la grosera expresión a las consortes de los ex presidentes para poder justificar el protagonismo de su señora esposa. Calderón tenía todo, pero el hígado se le impuso sobre su indiscutible inteligencia y preparación políticas. Hasta el último día de su gobierno se dedicó a buscar culpables de los malos resultados de su gestión. Al rodearse de incondicionales mediocres, perdió sentido de la realidad y, por su comportamiento, es posible que continúe deambulando en su mundo virtual.

El cuidado hacia el pasado tiene beneficios, pero también costos, la mayor de las veces intangibles. Uno de éstos es que genera idea de continuismo, muy costoso cuando hay alternancia de por medio. La gente votó por cambiar, la continuidad fue suscrita solo por uno de cuatro electores, a grado tal que la competencia se dio entre las dos oposiciones. El gobierno ha tenido un inicio impresionante en términos de acuerdo y consenso entre las fuerzas políticas; el Pacto por México no es tema menor, tampoco su contenido y lo que hoy ya se ha materializado; sin embargo, en la población persiste el escepticismo y una baja valoración por lo que se está haciendo.

En política la imagen es un tema poco relevante; se requiere de consenso para gobernar, no se gobierna para el consenso. Lo importante son las decisiones que se tomen y los resultados. La aprobación del gobernante es un medio, pero no puede ser camisa de fuerza. La opinión pública es veleidosa y el liderazgo no está en someterse a sus dictados, sino en llevar la agenda y la conducción del país. El liderazgo tiene una perspectiva de largo horizonte, por lo que debe asumir sin complejos el disenso y quizás la incomprensión en lo del día a día.

El humor social actual tiene un fuerte contenido de escepticismo y pasividad. Para muchos todo está mal, muy poco hay que esperar y nada hay que hacer. Esto no solo tiene que ver con los gobernantes, sino con la realidad que viven las personas y las familias, quienes en sus dificultades han perdido esperanza y ánimo de participación. El discurso político es corresponsable del desaliento. Frente al problema padecen muchos. La propaganda de gobiernos y legisladores sobre grandes realizaciones —reales o imaginarias— generan un desencuentro serio entre la sociedad y el poder público. La alternancia no ha interrumpido el abuso en la propaganda oficial y esto tiene consecuencias.

En su inicio todo gobierno se ha propuesto hacer un contraste con el anterior a manera de dar curso al deseo de mejorar y así crear bases para un mayor respaldo popular. Esto ocurría incluso cuando un mismo partido tenía virtual monopolio del poder. La persistencia de la violencia e inseguridad, así como el escepticismo sobre la propuesta de cambio económico constituyen razones de peso sobre el acuerdo y la aprobación del gobierno, a lo que hay que agregar el encadenamiento de temas de coyuntura que hacen sentir que las cosas están fuera de orden: la liberación de una condenada por secuestro, la explosión de la Torre de Pemex, la presencia del crimen, etc.

La decencia política es un valor poco apreciado en la circunstancia y muy aquilatado en la perspectiva; en el caso particular, ha sido fundamental para construir un acuerdo al interior de la pluralidad y ha creado un piso inédito de respeto, confianza y colaboración hacia el Presidente y entre las fuerzas políticas. También hay costos; hay que asumirlos y tener en claro lo que se pretende.

Twitter: @berrueto

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