12 de Diciembre de 2017

Opinión

Crispación

Las consecuencias de la desaparición y muerte de 43 normalistas en Iguala, Guerrero, son impredecibles...

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Las consecuencias de la desaparición y muerte de 43 normalistas en Iguala, Guerrero, son impredecibles. Lo único que puede anticiparse es que serán de profundo calado y darán al traste con el proyecto del regreso del PRI al poder.

¿Por qué el anterior rosario de agresiones a la sociedad no fijó el estupor en la consciencia colectiva, y la estulticia, violencia, psicopatía y absoluto desconocimiento de para qué sirve el poder político con el que han manejado este crimen, puede ser la chispa que encienda la llama de profundos cambios sociales, políticos y económicos, o llevar a los mexicanos a la sumisión absoluta de la dictadura?

¿Quién puede responder a lo anterior? ¿Cómo se puede medir el estado de ánimo de tantos deudos que nunca recibieron respuesta y nunca quedarán conformes, de tanto mexicano borrado por los abusos del poder y los estragos de la economía?

Insisten en servirse de la vieja usanza que tan buenos resultados dio para resolver problemas, pero ya no compran, los mexicanos, la versión oficial tan fácilmente y con buen semblante, con el riesgo de que si el agravio se transforma en rencor social, hoy puede convertirse en odio y deseo de venganza, en necesidad de castigos ejemplares, urgencia de sangre y más muerte. Sólo recuerden la historia de México, cruenta, como lo fueron los caudillos de la Revolución.

     Allí está la narración de la fiesta de las balas, donde Martín Luis Guzmán expone esa faceta del poder que sólo se satisface en la muerte, violenta, por cierto; o la intriga palaciega y policial que Álvaro Uribe nos entrega en el Expediente del atentado, donde lo importante es encontrar al chivo expiatorio para justificar una acción o reacción política.

La corrupción profunda, obscena, pintada de la sangre de las muertes que ocasiona, tiene nombres, cargos, fechas, desempeños, complicidades anudadas, pero nadie se atreve a mencionarlos en voz alta, llevarlos ante los jueces, que no sabrían qué hacer con ellos, porque no se atreverían a juzgar a sus dadivosos beneficiarios.

La desaparición y muerte de 43 estudiantes sólo es la punta de la madeja que conduce a las fuentes de dinero negro en Guerrero, en la Montaña, en la Sierra, en Tierra Caliente, en Acapulco y Zihuatanejo, al entramado que integrantes de los tres niveles de gobierno construyeron para beneficiarse del tráfico de goma de opio, sin permitir que se fortalezca la economía del Estado ni la de los pobres.

Es el momento de las decisiones. ¿Apostarán por permanecer en el pasado, o se animarán a iniciar la construcción del verdadero futuro que merece México, una castigada nación?

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