12 de Diciembre de 2017

Opinión

Crónicas del desconsuelo

Hoy sabemos que los jóvenes fueron incinerados y sus cenizas aventadas: será imposible reconocerlos ¿Hay manera de dar un poco de consuelo a los dolientes?

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Veo la rueda de prensa del procurador respecto al caso Ayotzinapa, y en verdad no entiendo su actitud: fría e incluso sarcástica.

En ese tono atendió a la prensa y a todos los que lo mirábamos incrédulos por la televisión. Sus respuestas a la defensiva, sus bromas de mal gusto y su hoy famosa –por lamentable- frase: ¡Ya me cansé! fueron el detonador perfecto para que miles de mexicanos expresaran abiertamente su repudio.

¿No pensó cuántos ojos estaban puestos sobre él?  ¿Ni por un instante entendió que México mantenía la esperanza de una respuesta favorable sobre los estudiantes o al menos una respuesta que nos alejara de este estado enardecido en que se ha convertido el país en los últimos tiempos?

Supongo que para ser procurador se necesita cierta frialdad, pero también es necesaria una sensibilidad finita para enfrentar  tragedias como las que vivimos.

Hoy sabemos que los jóvenes fueron incinerados y sus cenizas aventadas: será imposible reconocerlos ¿Hay manera de dar un poco de consuelo a los dolientes? A las madres huérfanas de hijos, a quienes en lugar de la piel tibia de sus descendientes, sólo recibirán un puño de ceniza. No existe consuelo ni para las familias ni para México.

Mi madre decía que, cuando un hijo muere, necesitas verlo muerto o enloqueces, una certeza de que aún está vivo se activa como mecanismo de defensa y empiezas a creer que un día lo encontrarás en la calle, te parece verlo doblando la esquina, o te despierta su voz a mitad de un sueño.

No ver a tu hijo muerto es enloquecer de ausencia. Más de 43 madres quedaron sin el consuelo luctuoso de cerrar los ojos de sus hijos en el último sueño. 

La locura extiende su velo sobre todos nosotros. Pienso en el castigo impuesto a Jacinto Canek: condenado a ser roto vivo –quebrándole los brazos y piernas a golpes-, y desgarrada su carne con tenazas.

Una vez muerto naturalmente, y  tres horas expuesto en dicho cadalso para que todos lo vean, se quemará su cuerpo y sus cenizas se darán al viento. Jacinto era un indio que se sublevó contra la esclavitud, los “desaparecidos” un grupo de estudiantes indígenas que buscaban manifestarse.

Es desgarrador que los tiempos no cambien, que como una rueda interminable,  giren y vuelvan a caer sobre los mismos con su poder de tortura y muerte.

Sólo las últimas palabras nos identifican con el procurador: Ya nos cansamos, pero en este estado de cansancio encontramos las fuerzas suficientes para manifestar nuestro repudio.

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