22 de Octubre de 2018

Opinión

Cuando la salud se va

Pocas cosas tan desesperanzadoras y dolorosas en la vida hay como ver que la enfermedad consume a la carne de tu carne.

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Todos los días nos levantamos y damos por hecho que somos los mismos de ayer, que incluso estamos igual que ayer; estamos acostumbrados a la continuidad en nuestra vida y es por ese motivo que damos por hecho que nuestra salud será la misma ayer que hoy. Ingenuamente esperamos que siga así mañana y todos los mañanas, sentimos que en el continuo flujo de los acontecimientos de nuestra vida ha habido muchos cambios y continuarán habiéndolos, pero extrañamente creemos que tener una buena salud será una constante.

De improviso, un día la vida nos recuerda que no tenemos pacto de inmunidad con ella, que simplemente somos frágiles humanos, tan frágiles como toda la vida en este planeta; es entonces cuando nuestra carne se encarga de hacernos experimentar una faceta de la vida a la que muchas veces le sacamos la cara, esa que nos demuestra que la salud se deteriora y la vida se nos va escapando a cuentagotas, montada en el inmisericorde corcel de la enfermedad, y esta ingrata colección de recuerdos se hace cada vez más extensa con el correr de los años.

Ser presa de estas experiencias marca de tal manera nuestros días, que ante el deterioro de nuestra salud podemos creernos el espejismo de que o somos los únicos que sufrimos o bien somos los que más sufrimos, porque es común que podamos llegar a sentir tristeza o una sincera congoja por el infortunio ajeno reflejado en una enfermedad, pero basta tener un dolor en el dedo meñique para que de inmediato estemos ciertos de que no hay nadie más desafortunado sobre este planeta que nosotros; nuestra poderosa mente y el tan alto aprecio por nosotros mismos nos hacen evidente esta realidad indiscutible para nosotros.

La pérdida de la salud puede significar muchas cosas en nuestra vida, de nuestra actitud depende qué de positivo podamos obtener de ella. Cuando la salud se ausenta de nuestra vida diaria se presentan dos opciones ante nosotros: utilizar el desafío de su ausencia para ser cada vez  mayores y mejores seres humanos o hundirnos en la peor versión de nosotros mismos. Podemos elevarnos sobre nuestra situación o auto compadeciéndonos despeñarnos en lo más negativo del dolor.

Pero la salud y el dolor no son temas que atañen únicamente a nuestro cuerpo, parte de la realidad del género humano es la hermandad en la enfermedad y la pérdida de la salud. Con inusitada frecuencia la salud es un bien que se le escamotea a quienes nos rodean y cuyo agudo pinchazo de dolor parece aún más terrible cuando se trata de alguien a quien amamos.

Difícil y torturador es ver cómo se va la salud y se apaga la vida de un amado cuerpo cansado; así vi a mi abuela irse yendo lentamente de este mundo a través del mal de Parkinson, innumerables de nosotros hemos visto a nuestro padre, madre, hermana, amigos, esposa, pagar el salvaje tributo de la fragilidad humana y hemos compartido ese dolor en nuestra vida y nuestros días.    

Probablemente nadie haya sufrido en la piel, las entrañas y el alma más dolor que el que ha visto cómo la salud es una golondrina de paso en el cuerpo de sus hijos. Pocas cosas tan desesperanzadoras y dolorosas en la vida hay como ver que la enfermedad consume a la carne de tu carne; nuestra alma se rebela, se opone con violencia y en rebeldía vocifera contra la Vida. En verdad ningún ser humano debería tener que sobrevivir a sus hijos, por este infierno transitó mi hermano, hasta enterrar a su hija de tres años víctima de un agresivo y destructor cáncer.

En cualquiera de los casos al enfrentarse a la ausencia de la salud el ser humano se encuentra ante una encrucijada: utilizar este dolor para potenciarse como ser humano o dedicar su tiempo a revolcarse en él hasta dejar de respirar.

Podemos, si estamos dispuestos a pagar el precio, ser como las piezas del herrero que son forjadas en el fuego y los golpes y a pesar de eso lograr salir más humanos de ellos. Si evitamos caer en la tramposa y sin respuesta pregunta del ¿por qué? del dolor, y decidimos transitar el complicado camino del ¿para qué? del dolor, empecinados en obtener una enseñanza de él y continuar viviendo a pesar suyo, habremos permanecido vivos y triunfantes.

Que todos los días tengamos la oportunidad de valorar y hacer vida fructífera la salud que entre las manos tenemos, que en el amargo momento de desprendernos de ella todos tengamos la suficiente fortaleza de espíritu para utilizar su ausencia y luchar hasta el último aliento en hacernos a cada instante más humanos.

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