19 de Septiembre de 2018

Opinión

El cuentero

Escribo estas notas confundido, sin acertar, como cantara Milanés, a encerrar en jaulas de palabras lo que esta pérdida me hace sentir. Murió Eraclio Zepeda.

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Eraclio Zepeda ya no contará más cuentos. Escribo estas notas confundido, sin acertar, como cantara Milanés, a encerrar en jaulas de palabras lo que esta pérdida me hace sentir.

Lo conocí en la militancia, y por tanto como dirigente y como persona antes que como portada de libro, como la mayoría. Eran tiempos de la elección de 1985, y él recorría la tercera circunscripción plurinominal, que incluye a Chiapas y a Yucatán, como precandidato a diputado federal del PSUM, ganando consenso para su postulación. El de aquellos jóvenes socialistas lo logró de inmediato. Su visión abierta, crítica y libertaria del mundo, del socialismo, de la vida y de las artes; su disposición a debatir sin condescendencias pero sin autoritarismo; la humildad de su sapiencia, la claridad y profundidad de sus convicciones, y la serenidad y realismo con que asumía los retos políticos eran, para muchos, la realización de los que un dirigente socialista debía ser. En poco tiempo se volvió para mí un referente ideológico, además de político, al tiempo que pasaba a ser mi maestro y mi amigo.

Me enseñó a entender el fondo de diversos valores políticos, como el amplísimo respeto a la diversidad humana, o la supremacía de la privacidad frente a la intromisión del Estado; pero también alguna cosa mundana. Bien que el aprendiz quedó muy atrás del maestro, me contagió, por ejemplo, su pasión por el polvo del camino.

Su incansable nomadismo lo llevó a los más diversos recovecos de la rosa de los vientos, ya al frente de la tropa en Girón, ya como embajador cultural de su patria en París, para traerlo invariablemente de regreso a casa. Su travesía por la vida y por el mundo llegó a su fin ahí, en Tuxtla, la ciudad en la que empezó y la que, con Chiapas todo, siempre estuvo en él, por más lejos que se hallara.

Desde siempre, cuando me acuerdo de Laco, me descubro sonriendo. Aquel cicerone de la política, cercano y jovial, que nos regalaba ideas, críticas, dudas y cuentos, también nos reafirmó en la convicción de que la imposible tarea de cambiar al mundo se podía enfrentar con obstinada alegría. Era así representante y dirigente de aquellas generaciones para las que la Política era la labor de construir un futuro más justo para todos.

Y aunque no pudimos, el camino sigue siendo el que Eraclio apuntaba hace ya treinta años.

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