De la locura de enamorarse

Amamos como animales, irracionalmente, sufrimos por amor, matamos por amor.

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El enamoramiento es una obsesión, te posee. Pierdes el sentido y no puedes dejar de pensar en el otro ser humano. Una locura que sólo empeora si se es rechazado.
  
Lo único que podrías desear es olvidarte de la persona que te rechazó, pero así no funciona el cerebro, pues terminas amándola más.

Las neurocientíficas Helen Fisher y Lucy Brown encontraron por qué: debajo de donde se procesa el pensamiento, debajo también de tus emociones, está el sistema de gratificación, una parte de nuestro cerebro que se hace más activa cuando no obtenemos lo que queremos, en este caso el premio más grande de la vida… una pareja apropiada.

La parte que se activa es la menos evolucionada, la de nuestro cerebro reptil. En otras palabras, amamos como animales, irracionalmente, sufrimos por amor, matamos por amor, morimos por amor.

“El amor romántico es una de las sustancias más adictivas en la Tierra”, asegura H. Fisher. Te obsesionas con la persona, le suplicas, distorsionas la realidad y eres incapaz de valorar los riesgos para conquistarla. Cumple con las características de cualquier adicción: desarrolla tolerancia (cada vez se necesita ver a la persona más), te abstienes y, finalmente, recaes (como cuando una canción te recuerda a la persona y sufres otra vez).

Con el enamoramiento también surge el deseo, los elíxires químicos del amor -dopamina, norepinefrina y serotonina- encienden el deseo más poderoso de la naturaleza, el impulso de copular. Sin embargo, ¿podría ocurrir al revés? ¿Es capaz el impulso sexual de desencadenar el amor?

Los expertos dicen que es posible, la actividad sexual puede liberar estos químicos del amor, ayudando a que surja la pasión romántica.

El amor surge evolutivamente para garantizar la monogamia en la pareja el tiempo necesario para que las crías salgan adelante. “La indefensión de los hijos se alargaba de cinco a siete años y ese era el tiempo que debía durar el amor para que pudieran sobrevivir”, afirmó Eduardo Punset, escritor de Viaje al Amor.

Sin embargo, el que amemos sin hijos, el amor a largo plazo, es cuestión de conciencia e imaginación, es decir, de inteligencia.

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