20 de Septiembre de 2018

Opinión

De marchantes literarios

Es curioso cómo un libro en determinado momento puede ser demasiado caro y, en otro, extremadamente económico.

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Leí hace poco un artículo de Eduardo Huchín Sosa titulado “Un vicio ampliamente recompensado”,  recién  publicado en La Peste, el cual versa sobre la práctica adictiva de comprar libros en oferta, ya sea nuevos aunque en saldos, o de viejo a precios imperdibles, justo como las reseñas y críticas literarias.

Adicto confeso, damas y caballeros del jurado, pues la literatura es como la cocaína: una mujer muy seductora. Sin hacer apología de ninguna, puedo decir que, emulando a De Quincey, habría que hablar del “Oportunismo literario como una de las bellas artes”, pues encontrar libros escasos, raros o simplemente maravillosos a precios baratos es menuda labor tan mágica como sólo el tesón, el instinto y la obsesión pueden serlo.

Más allá de las incesantes búsquedas en ferias, librerías de viejo, tapetes ambulantes e, incluso, la esfera digital que vende libros impresos de segunda mano, uno se pregunta si el encuentro de obras y autores largamente anhelados obedece al terreno de lo metafísico o al mundo de la paciencia y de la pobreza, circunstancialmente hablando.

Es curioso cómo un libro en determinado momento puede ser demasiado caro y, en otro, extremadamente económico. A veces la percepción es correcta, otras no. Dentro de las variables de la caza de libros perdidos –que paradójicamente resultan ser buenos, perdidos y baratos-, entran en juego tanto la casualidad como el grosor de la cartera.

A veces ocurre que uno se encuentra joyitas, primeras ediciones u obras desconocidas de vez en cuando, pero ¿qué pasa cuando en un mismo lugar encuentras gustos recurrentes? Puede ser obra de la casualidad o, como me ocurrió en una ocasión, de una coincidencia asombrosa.

Me encontraba caminando por la calle Condesa, en el centro histórico de la Ciudad de México, pasillo famoso por la venta de libros nuevos y de viejo a precios de locura, cuando me topé con el libro de un amigo, Raúl Rodríguez Cetina, escritor ya fallecido. Luego me topé con otro y otro, así como libros de literatura austrohúngara y de cine, al grado de que me dieron un mejor precio por el lote.

Intrigado, pregunté de dónde habían salido dichos libros que estaban rematando a 20 pesos. “Eran de la oficina del periodista ése, por eso hay tantos suyos”, dijo desenfadadamente el marchante. 

Sobra decir que, en esto de la persecución de ofertas literarias, el oportunismo y la causalidad pueden provocar que uno se tope con el libro de un amigo, con un amigo lector o con un amigo en forma de libro.

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