12 de Diciembre de 2017

Opinión

De médico a sicario

En Guasave, Sinaloa, el crimen del narcotráfico es cosa de todos los días: es la historia del Dr. Arzamendi.

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Al Dr. Franklin Tamayo Pacho

“Debí haber sido dermatólogo como Raquel,  una de mis novias… o tal vez cirujano plástico como mi primer socio, Ramiro del Monte, pero no, no lo fui, soy traumatólogo y ortopedista. Siempre se me dio aquello de reparar y reconstruir. (…) ¿Por qué me pongo a pensar en lo que uno debió ser y en lo que uno ahora es? Creo que después de todo uno llega a ser en la vida no lo que se quiere… sino lo que se puede, pero en mi caso no”.

Así inicia la novela “De médico a sicario” (Sedeculta/Conaculta, 2014),  escrita por Edgardo Arredondo, médico de profesión, que con esta segunda novela muestra sus afanes como narrador, después de haber publicado exitosamente su opera prima “Detrás del horizonte” (Sedeculta/Conaculta, 2012). El libro escrito en primera persona –a manera de testimonio-, cuenta las vicisitudes que el Dr. Arzamendi, su protagonista, atraviesa cuando acepta una base de sustituto en Guasave, Sinaloa, ciudad fronteriza pródiga en dólares y en violencia, pues el crimen relacionado con el narcotráfico es cosa de todos los días en aquella región del norte de México.

Es así como nos vamos enterando de las dificultades de la profesión  médica, en apariencia una carrera “segura”, que resulta no serlo tanto, pues, como todos los empleos en el país, se encuentra rebasado por la oferta de profesionales en busca del sustento cotidiano. Mientras vamos entrando en el mundo de los doctores, un hecho circunstancial cambiará la vida de Arzamendi, que, en el cumplimiento de su deber, se ve involucrado con el aterrador mundo del narco y sus sicarios.

Así va discurriendo la trama, que, aunque toma elementos de la novela negra, también constituye una radiografía del sistema de salud mexicano, ya que el narrador no omite hacer juicios de valor alrededor de la burocracia y de todo lo que tiene de podrido el actual sistema. Al mismo tiempo, con diálogos bien construidos y un lenguaje ameno, somos testigos de las exigencias que la profesión requiere a costa de ir degradando sus relaciones personales.

Esta novela gestada en el sureste resulta atípica al encontrarse justo al otro extremo de lo narrado en ella; se agradece la documentación de la que hace gala, ya que nos prescribe en dosis mínimas todo lo que necesitamos saber sobre el contexto del clima sangriento que impera en dichas regiones donde el dinero reina y la corrupción es una receta para sobrevivir. Su lectura es fluida, con imágenes que por momentos nos hacen sentir que vemos una película en lugar de estar leyendo un texto literario, cuyo guión es el descenso de Arzamendi a los infiernos de la contradicción moral.

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