16 de Enero de 2018

Opinión

De soberbia a soberbia

Uno de los problemas más serios del país es el debilitamiento de la institución presidencial.

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Everybody is upbeat on Mexico —except mexicans.
Andrés Oppenheimer

 

Dice Leo Zuckermann, refiriéndose veladamente a Juego de espejos del miércoles en MILENIO, qué ánimos exaltados alimentan la soberbia del presidente Peña Nieto con el señalamiento de que Hay Presidente y espera que “su poder no lo trastorne, como sí trastornó a Gordillo”. Si leyera con cuidado y sin prejuicio, su conclusión sería otra. No es la primera vez que lo hace y seguramente no será la última. Pero allá él y sus motivos.

Efectivamente, uno de los problemas más serios del país, particularmente en la etapa que inicia con la alternancia en la Presidencia, es el debilitamiento de la institución presidencial y con ésta, la pérdida del impulso transformador de la década de los ochenta. La ignorancia de Vicente Fox y la visceralidad de Felipe Calderón llevaron a la Presidencia al deterioro con consecuencias negativas en muchos órdenes. No estuvieron solos, la práctica del chantaje por la oposición y el regateo recurrente para los cambios políticos fundamentales significaron que el país perdiera mucho: una soberanía disminuida, reformas descafeinadas o regresivas (como la electoral en varios de sus capítulos), el dominio de los poderes fácticos sobre el gobierno y el Poder Legislativo, el desencuentro entre el Presidente y los gobernadores y la monetización de la política.

En el caso del gobierno de Calderón se pueden agregar la doble moral como práctica del discurso oficial, la recurrencia de la pobreza y la corrupción, el enfrentamiento entre los poderes de la Unión, el deterioro de la imagen de México, la crisis estructural del partido que abanderó la lucha cívica y de democratización durante la segunda mitad del siglo pasado, el abuso de la oficina presidencial para dirimir querellas políticas y personales del Presidente y la promoción de una guerra sangrienta de elevado costo humano e institucional y de logros magros.

La Presidencia estuvo ausente. Allí están las expresiones de Francisco Barrio de que los dirigentes del PRI demandaban impunidad a cambio de una reforma fiscal. Impunidad sí hubo, pero no cambio leal. Igual Felipe Calderón cediendo la Secretaría de Educación Pública a la líder del gremio magisterial. Josefina Vázquez Mota, con dignidad ejemplar, defendió a la institución, pero perdió la batalla; penosas las expresiones recientes del ex secretario de Hacienda y presidente del Senado, Ernesto Cordero, en el sentido de que no hubo información para actuar por el asalto a las arcas del sindicato; en realidad, ante los poderes fácticos no hubo Presidente.

Peña Nieto empezó por donde debía: concertar un acuerdo con las fuerzas políticas y construir una voluntad con fundamento en la pluralidad. El Pacto por México es resultado de la determinación presidencial con base en las propuestas de cambio de las tres fuerzas políticas. El inventario de iniciativas no es menor, difícil de concertar en los detalles, pero es un documento de avanzada que aborda buena parte de la agenda nacional y restituye al Estado su autoridad y legitimidad frente a los poderes privados que le han usurpado y han minado su autoridad y legitimidad.

La reforma educativa es un buen principio, pero como dijera Gustavo Madero ante el Presidente y la pluralidad nacional, todavía hay muchísimo por hacer. Viene la reforma a las telecomunicaciones, la que habrá de enfrentar intereses económicos mayúsculos. Más delante la energética y la fiscal de muy difícil consenso; la política y un nuevo paradigma en materia de ingreso y gasto podrían dar espacio a un cambio más allá de lo esperado. Y todavía hay mucho más en materia de reformas.

Es explicable la preocupación o inquietud por las decisiones de autoridad como fue el encarcelamiento de la líder del magisterio; pero se requiere perspectiva y entender que lo que está en juego no es la vanidad del gobernante, sino un acuerdo plural decidido a transformar al país. El prejuicio queda para quienes por dogma ya decidieron que Peña Nieto no puede ser un buen Presidente o por quienes instalados en la soberbia no alcanzan a diferenciar grilla de política, lo superficial de lo trascendental, como sucede con Zuckermann.

Por demás, lo importante no es lo que opinen unos u otros, sino la lectura que puedan darle quienes han construido las bases del acuerdo plural. Sería lamentable que frente a decisiones de autoridad extraordinariamente bien planeadas y ejecutadas, y por lo que todavía hay por hacer y obstáculos a superar, su secuela fuera la reserva de la oposición bajo el supuesto falso de que esto conduce a la soberbia del grupo gobernante o de que beneficia electoralmente a una de las partes.

Frente al drama nacional y todas las dificultades presentes, el país se encuentra ante una oportunidad que han construido los políticos y los partidos mayores con un Presidente decidido y dispuesto al cambio. Es una circunstancia inédita, de singular potencial en la transformación del país.

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