21 de Junio de 2018

Opinión

De tres comercios

Michel de Montaigne dijo en algún siglo que él tenía tres comercios que guiaban su vida; entendiéndose por 'comercio' todo aquel gusto o predilección hacia cualquier cosa.

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Hay voces que se repiten en nuestra consciencia como si fueran enseñanzas básicas en la época más tierna de nuestro crecimiento; también pueden ser ecos del aprendizaje que significan los primeros pasos grandes hacia nuestro futuro, ¿somos reencuentro?

Hemos desarrollado un sentido para preferir desde muy temprano en la vida. Nos creamos y re-creamos a partir de gustos, inclinaciones, cosas que detestamos, canciones que amamos, escenas de películas o libros que nos hacen llorar; habitamos en cada preferencia y nos proyectamos infinitamente.

Michel de Montaigne, ensayista francés que llevo detrás de la mente, dijo en algún siglo que él tenía tres comercios que guiaban su vida; entendiéndose por “comercio” todo aquel gusto o predilección hacia cualquier cosa. En “De tres comercios”, ensayo que forma parte de su primer libro “Ensayos” (1592), toma las conversaciones, las mujeres y los libros como las bases principales de su existencia, adjuntando a cada uno de ellos el valor y las palabras dignas para enaltecerlos.

En el texto encontramos tonos de lección, como si fuera un primer aprendizaje que ha llegado un poco tarde, pero que se implanta como una corrección al alma en letras que hacen sonreír porque alguien nos ha mirado desde el pasado.

Para él, las mujeres suponen una belleza eterna aun cuando el tiempo pretenda desgastar la composición de lo que considera uno de los milagros más grandes. En un segundo comercio, los libros danzan en su imaginario de fidelidad al considerarlos amantes y amigos perfectos. Estarían siempre para él y no reclamarían el abandono temporal. Finalmente, las conversaciones aparecen como esos guiños, entre persona y persona, que se materializan en letras; como cuando las almas se reconocen y danzan en el aire que separa tus palabras de las mías. Conversar, leer, amar.

Escribiendo con aires de atardecer, resulta difícil pensar que hoy día tengamos solamente tres comercios, tres preferencias. Nos movemos entre las calles

deseando, como Montaigne, el refugio que significa perdernos en nosotros mismos. Socializar no siempre supone un encuentro con otro, sino con uno mismo; tendríamos que sabernos comercio, preferencia. 

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