21 de Septiembre de 2018

Opinión

Derecho a la lengua

En realidad, los yucatecos nos seguimos oponiendo, con mayor efectividad que la falange, a que los pueblos hablen y vivan en su lengua.

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Durante su último concierto en Mérida, Serrat obsequió a su público entonando Pare (Padre), una bellísima canción en catalán, por lo demás adelantada a su momento pues, escrita hace cuarenta años, esgrime un 
fuerte reclamo ecologista.

La interpretación fue antecedida por una rápida traducción al castellano y algunos comentarios irónicos del autor en relación con su lengua y la terquedad de los catalanes de hablarla, cosa que hasta el día de hoy enfurece, entre otros, a los más nostálgicos franquistas. 

Su público festejó los comentarios, disfrazados de obvios por la talla del artista, y siguió disfrutando de la velada.

En realidad, sin embargo, los yucatecos nos seguimos oponiendo, con mayor efectividad que la falange, a que los pueblos hablen y vivan en su lengua.

El derecho que aquel público aplaudía como evidente para los catalanes no es reconocido para los indios por el conjunto de la sociedad.

El día de mañana se celebra una vez más el Día Internacional de la Lengua Materna y se cumplen seis años de que un grupo de ciudadanos entregó al Congreso del Estado una propuesta de reforma constitucional para reconocer a la maya como lengua oficial de Yucatán, equiparando los derechos de sus hablantes-tres de cada diez yucatecos- a los que ya gozan quienes hablan español. 

Estos derechos siguen sin reconocerse y la indiferencia general al respecto se mantiene.

Poder utilizar la propia lengua en los distintos espacios de la vida pública -la escuela, el trabajo, distintos trámites- es un derecho humano fundamental que se liga fuertemente a las posibilidades de desarrollo humano, social y económico de las personas. En nuestro Estado y nuestro país, sin embargo, los indios son obligados a aprender una lengua ajena como condición insalvable para acceder a los servicios más elementales, destacadamente la educación y la impartición de justicia.

Esta implacable condición desde luego no se impone a quienes hablan español, que jamás enfrentan la tarea de aprender a comunicarse en la lengua de sus conciudadanos.

A quinientos años, la razón final de esta situación es la misma: el derecho de conquista vigente de manera sorda en nuestro orden jurídico.

Con su definida postura política, Serrat nos recuerda que el sueño de libertad de la América Hispana sigue por realizarse.

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