21 de Septiembre de 2018

Opinión

Desbarajuste

Nombrar o numerar calles y colonias es tarea del Cabildo. Un ciudadano –por muy rico que sea- no puede ponerle nombre de su negocio a una vía, así él la haya construido.

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Las calles de Mérida fueron, durante décadas, modelo de orden y forma segura de ubicar una casa, un comercio o el consultorio del doctor. Construida en cuadrículas, la capital yucateca tuvo el acierto de numerar sus calles en pares (de Norte a Sur y viceversa) y nones (de Oriente a Poniente y viceversa). Ese modelo, práctico y fácil, predominó en los primeros asentamientos construidos fuera del que hoy se llama Centro Histórico. Pocas vías tienen nombre: Paseo de Montejo, Avenida Pérez Ponce, Itzaes…

Las esquinas (sobre todo tiendas y bares) facilitaban la ubicación: la Jardinera, el Dzalbay, el Chem Bech, el Pico de Orizaba, la Calle Ancha del Bazar… en fin.

En mala hora, por desidia de la autoridad, comenzó el desorden tanto en la numeración de las calles como en la designación. Hoy, por ejemplo, hay fraccionamientos que son verdaderos galimatías y hallar una casa es tarea de explorador (ni san Google ayuda). Muestra de eso son las ampliaciones de la Col. Pensiones o las de Jardines de Mérida o esos rumbos intrincados de Chuburná.

Hace unos días leí en el Facebook el aviso de que una carrera se trasladaba a la Avenida Bepensa. Un poco en broma y más en serio repliqué: Si seguimos así, dentro de poco vamos a toparnos con Avenida Pico Rey o Botanas La Lupita u Osito Bimbo.

Aunque suene a broma de mal gusto, hubo una época, durante la Colonia y los primeros años de la Independencia, en que ocurría así: si se preguntaba a alguien su dirección, la respuesta era: Llegas a la esquina de la Tuza, doblas a la izquierda, donde veas una mata de huaya y una portada verde con aldaba allá es. Luego hubo intentos de designar las calles de otro modo. Por ejemplo, la 60 hacia el norte era la calle del Progreso, y la 59, Real de Santiago.

Fue a fines del siglo XIX cuando, por iniciativa del señor José E. Rosado, se proyectó un cambio radical en la nomenclatura que quedó como ya se ha señalado líneas arriba. 

Nombrar o numerar calles y colonias es tarea del Cabildo. Un ciudadano –por muy rico que sea- no puede ponerle nombre de su negocio a una vía, así él la haya construido. Y en eso la autoridad municipal (y su maltrecho consejo de cronistas) ha fallado y ha permitido el desorden que hoy priva. 

Hace unos años, recién construida la amplia avenida que va del Monumento a las Haciendas al Periférico, pretendieron llamarle como Del Automóvil, por las agencias de vehículos a su vera asentadas. Afortunadamente privó la sensatez, pero aún no tiene designación oficial.  Hoy propongo un nombre para esa vía: Pedro Henríquez Ureña, destacado intelectual dominicano refugiado en México y que tuvo importante papel en la fundación de la Universidad Nacional del Sureste, antecedente de la Uady, en febrero de 1922, con José Vasconcelos en Educación y Felipe Carrillo Puerto en el Gobierno del Estado. Ahí queda.

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