16 de Diciembre de 2018

Opinión

Deshaciendo nudos

El libro de Georgina Rosado y Rosado es una historia excepcional de biografía familiar e imaginación, que da sentido a los recuerdos.

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Leo, editada por CEPSA, una historia excepcional de Georgina Rosado y Rosado: Deshaciendo Nudos, libro entre la biografía familiar, la historia y la imaginación, que da sentido a los recuerdos. 

Inspirada en la vida de tres mujeres icónicas de la familia, quienes, como dice María, hermana y coprotagonista, “forjaron una familia, transitando por diversas circunstancias que no dejan de asombrar por la fuerza, la valentía, inteligencia e ingenio de estas admirables mujeres, en un tiempo en que las limitaciones que les imponía el patriarcado eran infinitamente mayores”. 

Comienza con una ya lejana historia de amor trágico, que nos da desde el principio la unión sutil de ensoñación y memoria en dos centros vitales: Mérida, la capital, y Espita, el “tuch” del mundo, la Atenas de Yucatán, en la que sus hijos fueron alimentados con especial esmero, no con el alimento “que proviene de los bienes mundanos, sino el que se genera en la sapiencia que fluye en sus salas de lectura y bibliotecas”. 

En 1870, el coronel don Heliodoro Rosado Sosa había fundado la sociedad Progreso y Recreo en el entorno liberal de sello masónico de aquellos años, a la que después donaría su biblioteca; la sociedad tendría orquesta, un hermoso teatro que imitaba el Partenón griego y actividades que convertirían a Espita en “lugar de reunión de artistas, poetas y personas ´cultas´ de todo Yucatán”.

Trascendente fue la incorporación pionera de las mujeres. En la biblioteca de esa sociedad, tal como quería su fundador, como un templo dentro de otro templo, “el bello sexo” bebió “en la  misma fuente” de los varones, contribuyendo “a ilustrar esta preciosa mitad del hombre”, lo que le haría decir tiempo después que a la mujer espiteña “Natura ha deseado reservar… una dosis de clarividencia, dotándola de un espíritu despejado y de un cerebro original”. Crisol que forjaría a las mujeres de Deshaciendo nudos. 

El libro no es un simple rosario de anécdotas que, eso sí, logran transmitir nuestro ser vernáculo, sino una elaboración más sutil, de la mano de una escritora formada en las lides de la investigación social y la reflexión intelectual. Dice su hermana Laura: “Rememorar antiguas conversaciones, releer viejas cartas, interpretar añejas fotografías intentando descifrar sonrisas y miradas melancólicas, es una labor ardua y comprometedora. La mueve un interés tanto individual como colectivo… salvar del olvido la semilla personal, así como la del ser  humano”.

Recuerdo, con la lectura de este libro precioso, a Julieta Campos, la gran escritora cubana tan cercana a México: “Hay escritores, hombres y mujeres, que descienden más que otros al sitio de tinieblas de las ciudades interiores, o que se aproximan más, en su travesía laberíntica, al corazón de las tinieblas. Luego los fantasmas subjetivos se vuelven algo exterior, viviente y objetivo: la obra”. Creo que con este texto Georgina podría decir, como Julieta Campos: “Hoy siento que puedo reconciliarme, al fin, con mi identidad escindida”.

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